Erase una vez una niña sentada sobre su cuello
Bellezas de acero inoxidable con estructuras de madera virgen
Oía rastrear a los ratones nuevas guaridas y cobijo
La carrerilla del toro, el arrastrar de su pezuña, y también,
la prisa de las nubes por pasar.
Sobre andares pajariles y poemas congelados en mini frigoríficos flotaba en sus quehaceres
venían de muy lejos, todos y todo,
los renuentes, los categóricos e incluso a veces, pernoctaban los soslayables.
Mientras bailaba con las tijeritas de uñas y recortaba las pequeñas pegatinas de su piel, se irguió tal tallo previo sesgo al escuchar en un susurro chirriar el pensamiento.
¡Camiones, cajones, trinos y centellas! ¡Rosales, velas, regazos!
“Rásgame, rásgame”, decía mientras tanto la penumbra, acógeme en tu pensamiento más húmedo, acicálame con tu verbo.
Las mañanas nubladas son tranquilidades espontáneas, andares vagos y tiempos suspendidos.






