Diario de una ansiosa en el encierro. 25/4/2020 “Chúpame el corona-coño”


Out Growth

Outgrowth. Thomas Hirschhorn. (2005)

Me vais a perdonar. Acabáis de caer en lo que se llama un titular “Click-bite”. Frente a la avalancha de contenidos on-line y la consecuente competencia a mi particular diario de bitácora, he tenido que poner este titular escandaloso utilizando sexo y rock and roll para que sí o sí os lanzarais todos a leer mi diario como posesos. Una aprende mucho de la prensa estos días. También es verdad que en un momento dado, una frase inquietántemente parecida ha sido escrita en uno de mis chats de grupo, pero eso es otra historia. No, no voy a hablar de sexo, lo siento. Hoy quiero que me leáis porque desde esta plataforma que me he inventado, desde este pequeño balcón virtual, quiero aplaudir a todos aquellos que como yo #nosestamosquedandoencasa. 

Me explico. Es cierto que mientras que otros están en primera línea para que nos curemos, podamos comer o las calles estén medianamente limpias cuando salimos una vez a la semana a hacer la compra, los que podemos quedarnos en casa somos unos privilegiados ya que tenemos la suerte de poder teletrabajar, ordenar los armarios, pintar las paredes o ayudar a los niños a mirar la tele (¿Quién iba a decir que de repente sería algo útil y necesario?). Debemos (debo) dar gracias a todos aquellos que están arriesgando su salud y la de sus familias. Sin embargo los que #tenemoslasuertedequedarnosencasa también #estamoshastalaspelotas y alguien tiene que decirlo:  merecemos un aplauso. 

Por ejemplo: me parece muy importante aplaudir a todas esas familias que están juntas y revueltas desde hace 11 días. 24 horas sobre 24. Yo vivo con mi perra y nunca pensé que diría esto pero de un tiempo a esta parte, prefiero mi soledad perruna a la convivencia que tienen que soportar algunos de mis allegados. Un amigo me ha contado que para darse espacio con su mujer ha puesto una tienda de campaña en el salón. “Es mi oficina y cumplo horarios” me dijo tajante. Su mujer mientras tanto ha prohibido la entrada al cuarto de invitados donde ahora mantiene sesiones on-line (es psicóloga) y me confesó (por otro chat) que si no tiene citas mantiene soliloquios imitando las voces de sus clientes. A veces las hace graves, otras de pito, baritonos, castratos, afónicos -¡Lo que sea!- con tal de que su familia piense que sigue trabajando y que en la dichosa salita “No entre ni el tato”. Menos mal que sus hijos ya son adolescentes y como tales están ya de por sí, todo el día, encerrados en su habitación. No tienen que ver cómo sus padres se están volviendo majaretas y desde aquí les mando un aplauso. 

Si bien pasar esta suerte de mezcla odiosa de Navidades y verano juntos pero sin regalo ni playa es ya pesadillesco, puede llegar a ser realmente una auténtica tortura.  Una compañera de trabajo a quien el confinamiento le ha pillado en pleno proceso de divorcio, está conviviendo con su futuro ex. Y aquí la verdad es que no sé qué inventarme para que haga gracia, porque ya sabéis que no tiene ninguna. Con mi disfunción optimista la única solución que se me ha ocurrido es que quizás, al estar encerrados, caigan en la tentación de la lujuria y el deseo y que gracias a estos últimos también vuelva el amor. Pero ella ya me ha dicho que ha instalado una cama supletoria en la despensa acompañada de varios libros de Paulo Coelho y que su futuro ex “Ahí se queda”. No sé cual de los dos merece más el aplauso. Os dejo decidir. 

Este aplauso personal que espero sin embargo que compartáis conmigo, también va dedicado a toda la gente mayor que a pesar de tener la suerte de estar sana ya no puede caminar ni para hacer la compra y que además debe quedarse en casa sin recibir ni a hijos, ni a nietos ni a nadie. Por ejemplo, desde aquí mando un aplauso sonoro y gritón (¡Bravo! ¡Bravo! ¡Olé tú!) a mi tía la de Mallorca. Se está dando la vuelta a la isla caminando. ¿Eh? … Tranquilos los moralistas, se está dando la vuelta a Mallorca a nivel simbólico. ¿Cómo lo hace? Pues se sube a la azotea y pasea 20 minutos. Cada etapa de 20 minutos corresponde, mapa de la isla en mano, a un destino de la costa mallorquina y así, gracias a su imaginación portentosa y mientras se mantiene activa cada día, va completando la vuelta a “Sa Roqueta”  visitando variopintos lugares y pueblos. El primer día fue a misa a una Iglesia de otro barrio, uno lejano “Para andar más.” El siguiente llegó hasta el puerto deportivo de la ciudad. Desde allí, otro día, alcanzó Es Molinar donde parece que es muy agradable desayunar, cosa que hizo (simbólicamente). En total, desde el primer día del confinamiento se ha tomado ese café en Es Molinar y un agua en Son Verí y hasta un zumo de naranja en Cala Blava… También me confesó que tenía muchas ganas de llegar “en unos cuatro o cinco días” hasta la playa des Ses Salines donde, se relamió: “Hay un chiringuito que hace una paella estupenda” Un aplauso para ella, para su apetito simbólico y ¡para su fortaleza mental!. ¿O no? Claro que sí. 

Y es que #losquenosquedamosencasa  y estamos #hastalaspelotas estamos haciendo gala de un heroísmo aburrido pero cotidiano que es digno digno de agradecer. Desinfectamos las patitas de los perros al llegar a casa, leemos poemas por instagram y otros los escuchamos (no sé que es más heroico), tocamos la flauta por el balcón (de nuevo), creamos memes sin parar para reírnos de nuestra imbécil humanidad y hasta algunos llevamos crepes a los vecinos. Sí,  habéis leído bien, mi vecino, el domingo pasado me trajo crepes: “Es que para matar la tarde me he puesto a cocinar y he hecho tantos que no los quiero tirar” … Los dos nos dimos cuenta de que era mala idea en cuanto me tendió su tupper con la mano pero poco importa. Por favor un aplauso para él también y para su ingenuidad solidaria que se fue directamente a la basura. Qué le vamos a hacer. 

Como no todo puede ser risas, desparpajo y titulares click-bite, también me quiero poner seria (pero solo un poco) y aplaudir a todos mis amigos, conocidos y allegados con los que estoy manteniendo sesiones de zumba, reuniones de trabajo y conversaciones existenciales por skype (además de alguna borrachera todo sea dicho). Noto, y me congratula, que durante este tiempo virtual que compartimos juntos, hay una honestidad en nuestro hablar, en nuestro compartir, una generosidad en nuestra preocupación por los demás, y una motivación por seguir trabajando por el futuro que sin duda llegará, que va mucho más allá de lo que nunca hubiéramos compartido anteriormente en los cafés, en las salas de reuniones, en las conversaciones con proveedores o las cenas con amigos. 

Sí, quiero aplaudir a los que siguen contestando al teléfono para hacer presupuestos aunque hayan cerrado su fábrica desde hace días. A los que piensan en cómo cambiar su modelo de negocio para sobrevivir a estos tiempos que corren.  A los que se acuerdan de ti y te mandan chats personales porque en uno de grupo dijiste que te estaba subiendo la ansiedad. Una mención especial también a esa persona que manda canciones cada mañana para que sus amigos empecemos el día con humor. La nuestra hace eso, seguro que vosotros tenéis otrx que manda libros, o memes, o artículos. 

Otro aplauso, uno más cálido y suave si cabe, como una caricia, a los que se sinceran, a los que hablan de repente de sus problemas existenciales, a los que nos comparten su soledad sin tapujos y a los que lloran frente a las caritas ojo-pláticas que se amontonan en nuestra pantalla de ordenador. Gracias a su valor, a su necesidad de compartir sus emociones con los demás, gracias a su miedo expuesto, están consiguiendo poco a poco que cambiemos. Que se nos caigan estas malditas actitudes de héroes de lo urbano y lo individual. Que renunciemos todos ya a pretender que no sufrimos (¿A caso antes sufríamos tanto?) y -no hay mal que por bien no venga,- que nos sintamos ahora más cercanos, más hermanos y también mucho más humanos.

Sobre todo quiero dar un aplauso a todos aquellos que aunque hayan perdido el trabajo, aunque estén enfermos en casa sin saber si tienen el maldito virus o no, aunque sufran por abuelos o tíos en la clínica o teman por la muerte de un allegado, se están controlando y con el fin de que no caigamos los demás en el completo desánimo y por mucho que sobren ahora los múltiples canales y oportunidades para hacerlo, nos hablan muy pero que muy poco de sus problemas personales. A vosotros en particular, por vuestra discreción y vuestra entereza, de parte de mi perra y de mi, un gran y sonoro aplauso, un fuerte abrazo y todo nuestro agradecimiento y amor.

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Diario de una ansiosa en el encierro. 18/03/2020 Bienvenida al futuro.


Hot Spot

“Hot Spot” Mona Hatoum (2006)

Ayer tuve un día malísimo y decidí no escribir las cosas tristes que además se nos ocurren a todos. Por otra parte, es un alivio para vosotros ya que  tan solo escribiré cada dos o tres días. Desgraciadamente no me pasan tantas cosas como para publicar sin reparo ¿O sí? 

Y es que durante este confinamiento una tiene tiempo de pensar, de enfrentarse a su consciencia, de escuchar, con más atención, todas y cada una de sus vocecitas interiores. La que se miente así misma, la que es alegre, la que se pregunta si abrir o no aquella botella de hierbas húngaras que lleva años en la despensa o la que tiene tiempo de contar, mentalmente, el número de plásticos y cartones que se acumulan en la basura aún estando confinada (25 desde el lunes). Pero no solo a ellas. En este silencio urbano que amplifica cualquier conversación que se tenga a 50 metros, cuando he podido salir a la calle he escuchado cosas de lo más increíbles. Para empezar ayer, volviendo de comprar una manzana en el super -voy racionando: un día una manzana, otro día un pimiento, hoy pegamento para arreglar un cuadro roto desde hace tres años- escuché a una señora comentando al teléfono que había decidido no cobrar el alquiler a su inquilino. “Todos tenemos que poner nuestro granito de arena” le decía a su interlocutor(a), que debía estar flipando. Me parece bastante increíble, la verdad. Yo no tengo nada que alquilar, todo sea dicho, pero no sé yo, si fuera el caso, si se me hubiera ocurrido tamaña generosidad. Vamos, es que seguro que no.

Como de todo hay en este nuevo mundo que se dibuja frente a nuestros balcones, también oí a un señor que cruzando un semáforo en rojo (yo hacía sentadillas mientras esperaba a que se pusiera en verde) comentaba por el móvil que al final, con todo este “asunto” estaba ahorrando. Ahorrando decía ¡Alma de cántaro! ¿Qué debe hacer este señor para ahorrar? No debe tener ni sueldo, ni dinero en bolsa, ni un bar, ni un negocio propio. ¿O cómo? Cierto es que yo tampoco cojo el metro, ni taxis, ni voy a restaurantes, ni gasto en compras tontas en el Tiger, pero ¿qué hay de todas las luces encendidas para crear la ilusión de que tengo luz natural en casa? ¿Y la electricidad de la lavadora, el horno microondas y la aspiradora sin parar?  ¿Y los abonos a Netflix, Youtube, HBO, Movistar, Filmin, AmazonPrime, Storytel, Podiumpodcast y Spotify? Pues eso.

Siguiendo con el tema de las cosas increíbles: una amiga médico que también es una ecologista warrior (yogui, surfera y de todo) comentaba por un chat de grupo que el plástico es la “hostia”. Tal que así lo escribió, os lo prometo.  La cito: Ya me diréis cómo te deshaces del bicho de las ropas y materiales en el hospital, – nos explicó-. Pues con plástico. Y para que ningún moralista del grupo le viniéramos con memeces añadió un “Jajajajjaa” (Dixit). ¿Pero qué está sucediendo? Si los ecologistas (yoguis surferos) están pensando que el plástico, al fin y al cabo, no está nada mal ¿Qué nos deparará el futuro? 

-Un cambio de paradigma – me dijo mi madre por Facetime.

Está claro que el confinamiento también ha enriquecido nuestro vocabulario pero yo no supe muy bien a qué se refería. En mi estado actual no tengo ninguna capacidad prospectiva. Estoy petrificada. Fue mi madrina de 70 años y por Whatsapp la que me dio una pista: Si esto del teletrabajo funciona, las empresas ya no van a gastar en oficinas,  predijo-. ¿Para qué pagar todo ese dineral en megaestructuras si la gente puede trabajar en su casa?.-  Sí, sí, lo sé, esta tendencia no es nueva. Los coworkings, la peña guay teletrabajando desde la playa y tal pero ¿y si se acelera? ¿Si sube la curva del teletrabajo y baja la de la compra de oficinas?¿Qué se hará con todo ese dinero ahorrado? ¿Qué pasará si medio Madrid, medio Nueva York, medio Kuala Lumpur se queda con las oficinas vacías? 

Siempre he adolecido de lo que mis amigas llaman “disfunción optimista”. Para cuando llegó la hora de nuestra cita por Skype a las ocho de la tarde, ya me había dado tiempo a soñar en un mundo en el que todo ese dinero ahorrado por las corporaciones habría ido a parar a la cultura, a los eventos, a la responsabilidad social.  Imaginaros un mundo, expliqué a las doce pantallitas con caras mal iluminadas de mi ordenador,  en el que ya no habría problemas de alojamiento para nadie. Un mundo, exclamé, en la que pudiéramos todas y sobre todo yo, alquilar un piso de 250m2 con vistas en pleno centro por cuatro perras. Un mundo, grité, en el cual la jornada de 8 horas calentando la silla hubiera terminado y que como en las series, todos pudiéramos hacer reuniones interminables en pijama (¡!). Nadie me hizo ni puñetero caso. Una de ellas aprovechó el campo léxico y dijo que se iba a la cama. 

Disfunción optimista, sí, un concepto interesante. Un concepto que da alas y que al parecer, al albur de lo que he oído esta mañana por la tele, como el virus, se está propagando con una rapidez vertiginosa. Contagia a los políticos, a la CEE, hasta a Trump, o a Macrón. Al mundo en general. ¿O no están diciendo que nos van a pagar la electricidad? ¿Que tendremos Paro incluso si no hemos cotizado? ¿Que el estado avalará a las empresas y que éstas, como en Italia, no podrán echarnos? ¡Pero si hasta la CNMV ha prohibido invertir a corto (o como se diga) ¡Increible todo! ¿No os parece? No me entendáis mal eh, que yo soy la típica de centro. Ya sabéis: aquellos que los de izquierdas dicen que somos de derechas y que los de derechas dicen que somos unos rojos “acomplejaos” . A mi todo esto me parece estupendo. Defiendo sin embalajes la Seguridad Social, el estado de bienestar, la educación pública y pienso que viva la República. Pero claro, con mi concepto de contabilidad de señora soltera con perra, ya se me escapa. Con mis cálculos de economía familiar de ingresos y gastos de toda la vida, no doy para más y ya no sé si uno: el dinero tiene valor. Dos: qué significa eso de dar liquidez cuando se supone que hasta antes de ayer no había ni para las pensiones del año que viene. Y tres: si es así,  por qué ahora que nos permiten déficit estructural sigue bajando la bolsa. Hago lo que puedo para entenderlo, en serio. Como tengo tiempo leo a Keynes, leo a Friedman, leo a Ayn Rand  y hasta escucho a Bernie Sanders. ¡Ya no funciona nada de lo que dice ninguno de todos estos! ¡N-A-D-A! 

El colofón de las cosas increíbles que se oyen últimamente ha sido esta mañana cuando he ido a pedirle azúcar a mi vecina (ya tengo, pero bueno). Según ella este coronavirus se ha “producido”, se ha “inventado”.  Una señora culta, leída, una señora normal: eso me ha dicho: el virus éste, yo que ahora estoy escuchando podcast de geopolítica -ha aclarado- creo firmemente que no ha ocurrido por casualidad.” Hala. 

Termina el día y es hora de deciros adiós no sin antes daros mi conclusión (todo el mundo tiene una, yo también). Nos hemos equivocado. Nuestro sistema está mal concebido desde el principio. Cuando acabe este fin del mundo y podamos recomenzar otro, nuestros políticos no deben ser ni políticos (eso seguro) ni administradores, ni científicos, ni profesionales reconocidos, ni miembros de la sociedad civil. Tampoco nosotros mismos: sufragio directo del pueblo llano. Para nada. Todo eso quedó atrás. Se acabaron las pamplinas, los experimentos sociológicos de pacotilla. Los gobernantes del futuro, nuestros futuros dictadores, deben ser los escritores de ciencia ficción. Ellos sí que han demostrado saber de qué va la cosa. Eso sí es “prospectiva” de la buena y no la de los mercados. De distopías nada, era nuestro futuro, es nuestro presente y que sean ellos los que decidan qué (coño) hacemos ahora. ¿A que no es mala?

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Diario de una ansiosa en el encierro. 16/3/2020: No puedo más del buenismo ambiente.


 

My-bed-1998-de-Tracey-Emin.-Foto-de-Christies.-

“My bed” Tracey Emin (1994)

Hoy es el quinto día de entierro, perdón de encierro. La verdad es que yo, como que me acabo de enterar. Soy de natural una persona vaga, me encanta estar en casa en mis horas de asueto, mirar series, masturbarme, pintar si estoy de buen humor (no sé pintar, pero eso da igual) y antes, escribía poemas, o protopoemas como los llamo yo, por aquello de que escribir poesía es realmente un arte mayor, un arte con Mayúscula, un arte que, francamente, no todos pueden alcanzar, y yo, tampoco. (A veces, me ha ocurrido, no digo que no…). 

En fin, que quizás, pensaba hoy mientras paseaba a mi perra (sí, que viva ella, se llama Lia, que viva ella y la madre que la parió), quizás: esto es lo más interesante que me ha ocurrido nunca. Vivir este momento histórico… Este momento en el cual se nos van a ver las costuras a todos.  A mi, y a toda España. ¡A toda Europa qué digo! Pero supongo que a algunos más que a otros. Vamos, que divago…

Pero cómo no divagar, si total, una tiene tiempo. El caso es que sí, me acabo de dar cuenta realmente de la situación y es porque hoy, han pasado varias cosas. 

Por lo que leo en los incontables chats de grupo que cada uno atesoramos como agua bendita en el móvil, estamos todos pegados a Twitter o si tenemos balcón (es mi caso) salimos cada dos minutos con el fin de hacer fotos a todas las personas que están en la calle para luego mandarlo a tal o cual grupo y criticar. Criticar y celebrar lo morales que somos nosotros mientras #nosquedamosencasa cuando “ellos” salen por ahí. ¿Quién no ha recibido un audio larguísimo mentando a la madre de la gente que sale a pasear? ¿Habéis visto en twitter el hashtag #runners? Son unos Inconscientes (con mayúscula), unos cabrones, unos egoístas, son unos cerdos,  hasta son capitalistas si me apuras, todo con mayúscula: ¡Asesinos! Pobre gente de verdad… en busca de un poco de adrenalina… si es que era gente sana… ¿Qué van a hacer ahora?  

Me perdonaréis, nunca me ha gustado la moralina, y ahora menos. Porque, a ver, yo lo admito:  si hubiera podido yo me hubiera ido directa a donde mi amante más cercano y me hubiera liado a celebrar la apocalipsis a golpe de orgasmo. ¿Que tienes coronavirus? Mira nene, mientras no sea sida o papiloma…yo tengo preservativos, tú no te preocupes…  Y si nos da, nos quedamos en casa, ya veras que agustito con la fiebre…¡Que te como! Si no somos población de riesgo… Por no hablar de llamar al dealer (pobres dealers, ¿qué harán ahora?) ¡Al dealer de lo que sea! Al dealer de vitamina C, que en mis farmacias más cercanas ya no queda. Pero vamos sobre todo ¡a los buenos dealers! Hierba, cocaina, mdma… ¡Dale! ¿Esto no era el fin del mundo? En fin, que mucho hablar pero ná de ná. Que no he podido. La presión social ha sido más fuerte que yo. Y mesuro mis palabras, la presión social, no mi ética interna. Hay que admitirlo. Por no hablar de que no hay ningún amante cercano… Así que de disfrutar de la variedad de los cuerpos nada, drogarme menos, y comer, eso sí, comer sin tregua, como todos los de twitter.   Si no acabamos todos arruinados o con coronavirus, acabaremos todos gordos sebosos y asquerosos y eso, tampoco viene bien a la Seguridad Social, ¿O qué? No entiendo como no hay ninguna película distópica sobre cómo el mundo acaba lleno de gente con colesterol malo… Ah no, que eso no era una distopía. En fin… 

Total que sí, yo acabo de enterarme porque para mi, cuatro días de reclusión no son nada. A mi, repito, siempre me ha gustado. No responder al teléfono, soñar con la paz mundial bajo las mantas mullidas, escuchar podcast sobre cómo los ovnis llegaron a la tierra y sobre la expansión del imperialismo romano: cómo los horteras de los romanos acabaron con los cursis de los griegos… ¡Oh qué gusto de verdad! A mi me encanta, es cierto. 

Y claro, así como están las cosas, una se da cuenta de su propia superficialidad. Ya que, todos los demás, están aprovechando el entierro, digo el encierro, para leer a Bolaño, escuchar conferencias sobre Thoreau, o aprender por fin que es el situacionismo después de haberlo citado tropecientas veces en sus wannabeblogs. Ah, por no hablar de  los verdaderos héroes: los yoguis de salón. ¡Valientes y disciplinados! Qué envidia.  

Es que estamos a día 5 y yo yo ya no puedo más del buenismo general. ¿Dónde están los malos? ¿Dónde están los egoístas del papel higiénico? ¿Los que han acabado con el tomate frito de marca? Si hasta el Ibex 35 se queja de que los fondos buitres están apostando a que se arruinarán. Qué miedo. ¡Menuda novedad!

Que sirva esta divagación para dar ejemplo sobre la verdad. Yo no soy buena, ¡No lo soy! Miento como una bellaca y si estoy encerrada es porque no me atrevo a que me critiquen. Ayer le dije a una amiga que me había hecho una tabla de deporte para mantenerme en forma. Una mentira como una casa. Luego vi al vecino de la ventana de enfrente (al cual no había visto nunca antes) haciendo sentadillas y me sentí fatal, pero ah, esa es la verdadera conciencia de uno mismo, ¡la verdadera realidad! Esa es la verdadera experiencia de la insoportable levedad del ser . También comenté en un grupo que me había cocinado cosas super sanas, claro, ¿Cómo no? Todos ahí compartiendo sus fotos de pizzas de brócoli, pasteles de manzana sin azúcar y otras recetas para no dormir, pues yo no iba a ser menos. Luego en el supermercado ya no quedan patatas fritas ni de marca blanca… pero bueno… Siguiendo con el ejercicio de la confesión autocumplida (me lo acabo de inventar, pero ¡qué más da!) hoy será el primer día que no utilice Glovo… no me siento tan mal, al fin y al cabo, me acaba de llamar el vecino diciendo que no le funciona en telefonillo a ver si puedo abrir a su propio Glovo… 

Una ya no sabe qué leer, qué pensar, ¡Qué creer!  A qué presión social hacer caso, si a los que trabajan de recaderos y se quejan porque se quedan sin trabajo (hay por supuesto un youtube de eso también, ¡capitalistas! ), o a los moralistas que te dicen que hay que pensar en ellos para que no se contagien (rojos cabrones que no entienden lo que es la ley de la oferta y la demanda!).  Una amiga que vive en Londres dice que los españoles lo que nos pasa es que no somos resilientes… 

Seguiría escribiendo. Pero digo, jo, no abuses de tu público.

¿Qué me ha pasado hoy? Pues supongo que lo que todos los demás. En el periódico anuncian que esto no es una broma y que ya -ni lo esconden a la población- esto durará más de un mes. Los amigos médicos de mis amigos no dejan de enviar whatsapps diciendo que por favaaaar. He ido al “súper” y total, no quedaba ni carne de la mala. No sé que me ha dicho el carnicero de que no le dejan hacer carne picada ni de pavo, ni de pollo, ya no le he escuchado más.  He pensado, bueno, ya le escucharás mañana, cuando vuelvas a hacer la compra, para pasear un rato claro, pues es lo único que se puede hacer: ¡Consumismo hasta el final! ¡Si es que nos empujan!

Pero sobre todo, eso es lo que me ha pasado de verdad: me he quedado media hora sin internet. Amigos, me entendéis: ese ha sido el gran momento de inflexión, ¿Y ahora? ¿Que hago con mi vida?

Y ya os dejo. Volvió Internet.  Tengo que publicar esto para acumular (hacer acopio de) likes, o haters, dios dirá. Y sí, tú, tú, te hablo a ti, ya sabes, atrévete de una vez y pásate por casa con la bolsa de Mercadona que este fin del mundo está muy aburrido.

 

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“La perra”


Lia. Cortesía de Unai Peña

Lia. Cortesía de Unai Peña

Muchas cosas habían pasado para que supiera apreciar, ahora, la imagen de aquellas ramas que recortaban el atardecer y desprendían un olor intenso. El parque del Retiro, cuyo paso obligatorio para llegar a otro lado,  tan tedioso le había parecido en los días anteriores, era en ese momento, lo mejor que le podía haber pasado. Su perra, siempre por delante de ella pero siempre atenta a su más ínfimo cambio de ánimo, paseaba serena hasta que de repente, -un parón en la tráquea (la suya y la de la perra) – salió disparada hacia unos arbustos.

Coño, pensó, -otra vez a buscarla-  y llegó, buscándola pues, siguiendo la dirección de sus ladridos agudos y entrecortados, buscando el camino sonoro,  como en un cuento de hadas, a tientas, persiguiendo a la perra, hasta un claro del parque; un lugar, casi una plaza, con un banco y una farola sin luz, cuyo encanto radicaba, a pesar de que la farola no estaba encendida, en que era el escenario de un drama.

Un hombre estaba sentado en tensión sobre el único banco del claro, y una chica, de pie, lloriqueaba. Sus manos se quitaban nerviosamente las lágrimas de la tez y se sorbía los mocos. Comedida, molesta por molestar por culpa de la perra y al mismo tiempo sabiendo que si ella – la perra- se había acercado- significaba que algo pasaba- la mujer sorprendió, escuchó, el último desenlace de aquella situación sin que su presencia influyera todavía:

– Eres un hijo de puta- le dijo la chica a aquel hombre. Y todavía entre sollozos, se sentó, no solo cerca de él, sino casi encima, como pidiéndole con su cuerpo que aquella verdad que ella pensaba haber dicho, no fuera cierta.

Él, ya consciente de la presencia de una tercera persona, simplemente la acomodó, es decir, le dejó aferrarse a él, abotonando su chaqueta vaquera y pasando su brazo sobre ella, los dos sentados en aquel banco solitario, y miró a la perra que, con los orejas levantadas, como era su costumbre cuando estaba atenta, les miraba de frente, ajena a su dueña, pero señalando su presencia y a la espera, de otra acción más, de la siguiente, la consecuente a la que ella, la perra, había percibido en un principio y que le había excitado: ladró. Un ladrido pedigüeño, agudo y único, a la expectativa.

– Es mía, perdonad, se me ha escapado, ya me voy…. – Dijo la mujer.

Aunque se quedó ahí plantada. Preocupada por los dos, bajo la no luz de la farola. Iluminada su presencia por ser una intrusa y ávida, sí, ávida, del drama vulgar y propio que parecía alumbrar aquella casi plaza denostada por los recortes de luz necesarios en la capital.

La chica le miró ausente. Como se mira a alguien que no jugará nunca un papel en tu vida, como se mira un spam en la bandeja de entrada, pendiente de del hombre y él, sin mirarle, acusó su presencia, la de la dueña de la perra, pues, irguiéndose, la alejó a ella, a la chica – inmensa crueldad pensó la mujer- quitando el brazo de sus hombros y volviéndose a abotonar la chaqueta, esta vez hasta arriba del último botón y asentándose de nuevo en banco, a dos milímetros imperceptibles de ella, y sin embargo “tan lejos”.

– ¿Qué quieres?, -preguntó el hombre a la perra,- ven guapo, ven, ven…

-Es una perra, corrigió la mujer, – mientras veía como su animal de compañía se acercaba a cualquier desconocido que le hiciera caso, sin aprensión aunque con cortesía…

-Una perra…. Claro. – se convenció el hombre.

Henchida de gozo la perra se frotaba contra sus piernas, recibiendo caricias, con las orejas todavía levantadas pero ya satisfecha, habiendo conseguido formar parte de aquella tensión que la había excitado en un principio y que había ido a buscar, a pesar de su dueña, sin reticencias.

Los tres se quedaron en silencio. La chica como en otro lugar, o más bien, en el suyo propio, es decir, intentando olvidar que alguien más había entrado en su situación y con voluntad de que la interrupción no hubiera ocurrido nunca, con ganas de seguir en lo suyo. La mujer, dueña de su perra, pero a su merced, en espera, de pie, dando un paso a su derecha, para no encontrarse de frente a ellos, de frente a aquella pareja en aquel claro, de frente a aquella tensión con la que, – puta perra, alabada sea ella- se había encontrado.  Y él, aquel hombre, -miura, toro de raza- pensó la mujer con cierta condescendencia y al mismo tiempo temor- “hijo de puta” resonaba todavía en sus oídos- , sacando un cigarrillo de su bolsillo izquierdo y encendiéndolo, – ademanes  exageradamente calmos,- con un zipo.

Cuando el cigarrillo prendió, los tres, en silencio, todavía, agradeciendo que ocurriera algo además de su existencia coetánea,  miraron a la farola que, cosas de la vida, de repente se encendió.

A pesar de la  fría luz de la farola alumbrada con una bombilla de lead impuesta por el ahorro del ayuntamiento la cuasi plaza, desprendió entonces, todavía más interés. Ahora, bajo aquella luz, sí, a pesar de todo, era una suerte de claro sereno cuya solitaria y fría bombilla gélida constituía un oasis, entre la tempestad lumínica multicolor de la ciudad que, los tres eran conscientes, la chica la que menos, les ahogaría si salían del parque.

Bajo la luz, la mujer apreció los detalles del banco, la madera ajada, ahora expuesta en toda su senectud, el metal roñoso pero brillante, rotundo,  que sujetaba a aquella pareja de otro barrio (uno lejano, pensó la mujer), y alrededor, la frondosa oscuridad de la naturaleza cívica no iluminada. Olía a pino cortado, olía a naturaleza hastiada pero resistente.  Olía a vida, y aquel hombre- la mujer no se decidía a irse- era un hijo de puta.

La perra se alejó de la pareja y se puso a cagar, de un lado de la farola, tranquila, mirando a nadie pero a todos, con extrema ternura e impotencia. Sus ojos, mientras cagaba, parecían poder producir lagrimones de comprensión. Por fin, la chica miró a la mujer. Inquisitiva primero, un arriba abajo en toda regla, categórica después, con el iris endurecido a medida que los segundos pasaban dijo:

– Estamos hablando. Si no te importa…

Pero el hombre se levantó campechano. Imponente, fornido, por un momento pareció que se iba a recolocar los huevos mientras tiraba su cigarrillo sin fumar, aunque no lo hizo. De nuevo reacomodó su chaqueta vaquera. Consciente del tiempo que pasaba y de que le estaban observando se desabrochó totalmente y pasando las manos sobre su pecho, paralelas a su incipiente barriga, acabó por meterlas los bolsillos de su pantalón de militar:

– Niña, ya te vale, le dijo a la chica – estás cansada…- terció, mirando a la perra, que ya a otra cosa, jugaba con las hojas caídas de los árboles, alegre.

A la mujer aquellas palabras le hicieron daño. Mientras recogía, buscándolas entre las hojas,  las cacas de su perra, recordó todas las veces que le habían tratado con condescendencia. “Niña” “Vete” “Estás cansada”… Sin embargo – una caca, otra caca, las recogía disciplinadamente-  no podía hermanarse con aquella chica. Será la edad, se dijo- metiendo las cacas en la bolsa que había sacado de su bolso, pues le entendía, concluyó, una verdad sin argumentos necesarios, al atar la bolsa y lanzarla a la basura- más a él, que a ella.

“Gracias a dios”, la perra se acercó a la chica.  La husmeó con parsimonia, con extrema delicadeza. Le ofreció, como era su  costumbre, la generosidad del ser mamífero que es no humano.  Le brindó, solo por el hecho de ser así, la necesidad de contactar. “Gracias a dios”-  sí- gracias dios, de nuevo- pensó la mujer, pues pocas personas saben resistirse a esa honestidad de querer estar con el otro que tienen las mascotas y la “niña” (también así la nombró la mujer en su cabeza, no sin antes estremecerse) acarició a la perra y se dejó, “Gracias a dios”, querer.

Las orejas levantadas, moviendo la cola con ritmo interesado, la perra se entrelazó entre las piernas de – “la niña”- y los tres, se sintieron aliviados.

-Pues buenas noches- dijo la mujer y dirigiéndose a la perra susurró -¡Ven!-

El animal obedeció y su dueña, poniéndole la correa y sin querer, aunque resultó inevitable, se encontró con la mirada de aquel hombre (miura, toro de raza). Sin dejar de mirarla el hombre sacó un billete de unos de los bolsillos de su pantalón y lo tendió a la chica:

-Toma 10 euros- resolló, – sal por el Prado, continuó,- si tomas el lado contrario, habrá algún taxi.-

La chica quiso decir algo porque levantándose del banco su pecho se ensalzó abriendo la boca y su cuerpo pareció, quizás por primera vez, obedecer a una voluntad independiente de aquel hombre. Pero luego, sus hombros cayeron, miró a la perra que aún atada, seguía insistiendo en quererla, y acabó cerrando los labios que apretó resignada. Alejando al mamífero de un gesto cansino, se dio la vuelta y empezó a caminar por uno de los caminitos que salían de la cuasi plaza.

– ¿Por dónde vas? – Preguntó el hombre a la mujer mientras ambos oían los pasos desganados pero resueltos que abandonaban aquel claro,

– Por ahí,- contestó, y tiró, de un movimiento seco de la correa de la perra, hacía la dirección donde se dirigía.

 

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“Entre los árboles elijo”


Cortesía ARCO MADRID 2016

Cortesía ARCO MADRID 2016

Cruel es el mundo sí,
tan bonito,
de entre los árboles elijo qué hojas arrancar.
Sorprendente voluntad: lo hago con mi mano,
tiro,
disfrutando de la resistencia de la hoja,
en permanecer perteneciendo.
Ella
-la que toque que haya escogido-,
la más tierna y joven, o la más grande y esbelta:
-aquella que de tantos años arraigada,
tiene hasta los bordes marchitos;-
la que sea.
Cuando tiro para hacerla mía,
que mi instinto usurpador, con un movimiento seco y enérgico,
retuerce su tallo con saña hasta conseguir
descuajarla de su árbol,
que la tengo huérfana entre mis manos,
(ya es mía, ¡lo es!)
y la estrujo, despedazándola con ganas,
que su frescura sangra sobre mi piel,
me siento, por fin,
brevemente satisfecha.

Cruel es el mundo, huele bien,
sólo el árbol sabe
cuántas hojas le he arrancado. Sigue
pariendo hojas tiernas, a veces,
hasta flores.
Entre todos los pesares
y el disfrute de
la muerte de la hoja en cuestión, la que toque, que por fin,
pueda palpar:
-nerviosamente – sintiendo la sabia humedecer mis dedos,-
enumero,
orgullosa es lo que estoy,
todo aquello que he usurpado a los arbustos.

Lo que la crueldad señala,
lo que sin pertenecerme
he hecho mío,
es mío. Sin vergüenza,
me miro al espejo: arrancadora.
Las crueldades de las que me he adueñado,
la fe en lo que no dura,
(sigo creyendo)
me dan fuerza para seguir
apoderándome.

Lo mejor que podría pasarme
es morir así: pues
me aplaca.

Lo que de los árboles puedo apropiarme busco,
y si eligiendo una hoja resiliente a mi ansia posesiva,
me equivoco:
que no puedo desasirla de su tallo,
entonces,
(calma extraña),
me digo
“llegará el momento”
(lo creo a pies juntillas)
de estrujarla.

El mundo es cruel. Lo soy yo.

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“Esparcimiento de la zona de indolencia”


el-miedo

El miedo. Cortesía de Tumblr.

Un sueño reparador.
Un centro de lisiados cuyos trozos de carne
se cenaban al atardecer,
mientras el sol caía y esperábamos a entrar por mar,
el miedo sorbiéndonos la cintura y
la mirada puesta en aquel señor que nos hablaba en voz en of,
no lejos de allí, en la cumbre de la isla,
a través de un bosque frondoso y húmedo.

Un sueño envolvente, tierno,
líquido amniótico rebosando en la bañera,
derramado en un parqué
con baldosas de suelo de colegio y un check point,
un puesto de mercado, frente al cual
sudábamos copiosos
porque si nos pillaban,
nos descuartizaban los dedos.

Un sueño por etapas, desafiante.
Atrapábamos un tren que nos llevaba hasta la cumbre,
los lisiados tomaban cocktails bajo los toldos,
trágico-medias americanas se proyectaban en el jardín.
Sin oler la herida de los mancos,
olvidábamos la sangre de la carne
pues había que evitar,
aún con las agallas mojadas,
el despiece del rehén.

Un sueño repetitivo, un mantra cálido, apaciguador.
Volvíamos hasta siete veces,
a la playa y al check point, al principio del bosque frondoso,
bajo aquella cumbre,
con el pelo húmedo pegado en la frente, escuchando a aquel señor
que con ojos de médico anunciaba la cena;
las películas americanas se proyectaban en fast- forward
y llegábamos siempre a en punto a coger el tren,
con los dedos intactos,
para alcanzar el centro.

Un sueño generoso, cándido, reparador.
Cuando el rehén y sus dedos
ya bajando al mar, me acariciaba los labios
envueltos en el agua y nos fundíamos en un abrazo
cuya piel,
aún estando despierta,
es la única pesadilla
donde me siento a salvo.

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“He aquí donde podréis beber.”


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Las uñas a ratos rojas, a ratos, agrietadas, todo dependía de cómo les daba el sol. Un sol lleno a reventar, amarillo como en los dibujos del colegio, cubría los árboles, las matas, los muros, de hormigas grandes y gorditas, que en procesión se acercaban a la cocina donde había un plátano a medio comer. Llovió. Hizo viento. Temía el calor del cielo. Temía el olor a crema de zanahoria agria que iba adueñándose de la cocina al aire libre. Andaban enlazados de la mano, se daban besos cuando veían carteles cuyas letras resultaban ilegibles, dependían del sol. El sol, que no le dejaba ver quién le daba la mano, quién le estaba besando.

“No dejar pasar a las hormigas”, “Caminar por los límites del condado”. El cielo se había cubierto. Había gente tras el camino, encima de la casa que se veía al final de la insolación. Iban vestidos de blanco, algunas mujeres llevaban pamelas. ¿Cuántos años llevan allí? Llevamos un montón de minutos, dijeron, todavía le cogían de la mano. Su abuelo estaba vestido de domingo, llevaba una pajarita y un sombrero de ala ancha, su mano estaba agrietada y la suya era pequeñita, muy pequeñita, tanto que ya no tenía mano. Le decía palabras en francés, “calembour” por ejemplo, sonreía.
No tengo mano.

“Los niños y las niñas que vayan en primer lugar”, gritó una mujer muy guapa.
Tenía los ojos negros y las pestañas muy largas y su vestido rojo era fácil de distinguir bajo la luz. “Os enseñaré dónde está el mar.” Los hombres de blanco levantaban piedras del suelo, piedras enormes que luego ponían sobre el mar. Iban creando un embarcadero, un camino, por donde pasaban los niños con cangrejas transparentes en los pies. Los erizos se movían bajo las piedras, sobre las piedras. Los erizos de mar están buenísimos, su perra empezó a ladrar a un erizo de tierra escondido bajo un matorral. El erizo gemía como un bebé. Os voy a enseñar el mar, dijo la señora de rojo, he aquí dónde podréis beber.

Los niños ya eran pocos. El sombrero de su abuelo se veía del otro lado de la casa, donde se había sentado a pintar carteles con guantes de plástico. Los niños le enseñaban sus manos llenas de pintura añil. “Usted está aquí”.
Con el dedo hizo un círculo.

-No deberían dar de comer a los pájaros,

luego se acostumbran- dijo la señora de rojo. Llevaba una pamela con un cordel atado al cuello y tan solo se le veía la sonrisa. Vuelve a empezar le dijo, –
lávate las manos.

No había cerrado la compuerta, las vacas estaban en la carretera. Se encaminó hacia la última reja, las hormigas habían hecho un agujero por donde se podía pasar agachándose. A pesar de rascar la tierra para hacerse paso (benditas hormigas) sus uñas estaban impecables. Mira, le dijo al gentilhombre que había detrás, las tengo perfectas, -Claro, le dijo el hombre. “Hay un coche que pita.”
Empezó a dar palmadas para ahuyentar a la manada, los cabritillos eran muy tiernos. Permanecieron impertérritas. “No dejar pasar a las vacas” rezaba un cartel. Llevamos muchos años aquí. ¿Cuántas vacas hacen falta para hacer un litro de leche? Preguntó el niño con las manos azules. Cuéntaselo, no temas.

Salió del agua, estaba buena, tenía más sed. Había carteles alrededor de toda la casa pero el sol no le dejaba ver lo que ponía. Con la palma de la mano se cubrió los ojos, temía el calor. Los labios rojos no atraen el calor.
Mira a los pájaros posarse sobre la mata. Déjate
quemar por este fresco sol.
“Cúbrase de la sombra”
ponía.

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“El destino soñado. Sinónimos y antónimos.”


Robert y Shana Parke Harrison.  Cortesía de Cultura Ciudad de México. @defacto/facebook

Robert y Shana Parke Harrison.
Cortesía de Cultura Ciudad de México. @defacto/facebook

Que levante la mano quien no busque la ligereza.
El destino soñado. Lo liviano: gran país.

Ligereza según el diccionario on-line es todo esto:
Ligereza wordpress.com
1. f. Agilidad, prontitud:
se mueve con ligereza.
2. Levedad o poco peso de una cosa:
la ligereza de una pluma.
3. Inconstancia, inestabilidad, falta de seriedad:
ligereza de sentimientos.
4. Hecho o dicho irreflexivo o poco meditado:
sus ligerezas le comprometen.

‘ligereza’ aparece también en las siguientes entradas:
ágil – brinco – duraluminio – -eza – ingravidez – levedad – veleidad – velocidad

Así, no iré a mirar el diccionario de María de Molina.
Es todo menos ligero, pues busca en la palabra lo que hay,
sobre todo un compendio de acuerdos semánticos basados en nuestra versión existencial y cultural del asunto.
Algo todo menos ligero,
ya que cada uno utiliza las palabras como le conviene
y lo que nos conviene, digámoslo así,
es muy pesado. Valga la redundancia,
todo menos ligero.

Que levante la mano quien no.
Yo no levantaré la mano. Las palabras son irreflexivas por mucho que estén meditadas en los diccionarios.
La ligereza es prontitud, es agilidad, estoy de acuerdo. La ligereza es hoy,
sinónimo de alegría.
¡Que levante la mano quien no!
Pero no siempre es imprevisto, no siempre es ausencia de seriedad…
pues uno se puede aligerar siguiendo seriamente la ideología de la libertad.

La libertad, ¿es ligera?

¿A caso no medita uno seriamente la liviandad de una noche bajo las estrellas?
¿Y qué hay de la ligereza de un aperitivo entre amigos?
La ligereza de una tarde bañándose en el mar.
¿A caso son estas actividades poco serias? ¿Inestables? A caso,
el mar nadándose en la piel, la luz cubriéndonos la tez, ¿son huellas ingrávidas?.
Yo ya me hubiera ido volando si no me sostuvieran.

Toda emoción es profunda por poco que dure.
¿Es acaso ligero tener el privilegio de escuchar el piar de los pájaros?
El beso que recibimos ayer anoche,
el bebé que nos sonríe sin conocernos,
la mirada huidiza, breve y traicionera… ¿Es ligera?

Esa gran utopía

llevo buscándola tantos años como palabras escritas.
Y cuanto más la busco,
más honda es si la consigo,
más profunda,
como el cáncer que me creo si no la encuentro.
Como la huida hacia adelante: alegría intensa,
breve
de creerme ida de mi misma.
¡Ojalá eso fuera inconstante!

Ah. Miro a la ventana y veo velas ligeras, aligerándose sobre el mar.
¿No hay allí una profunda previsión? ¿Una técnica seria que busca que esas velas se icen
orondas y bellas,
aligerando nuestro contacto con el profundo mar?
¿Aligerando hoy, tan solo mirándolas, la compresión de mis múltiples seriedades?
¿Y que hay de las risas? De las carcajadas que tan ligeros nos hacen sentir.
¿No están basadas en una honda comprensión de lo poco ligero que compartimos todos nosotros?

¿Cuántos vinos que me pesan he necesitado para sentirme a veces ligera?
¿Cuántas conversaciones inestables, cuantas veleidades, para conseguir profundidad?
¡Cuánta profundidad del pensamiento para alcanzar la ligereza!

Gran destino, divino país
del cual somos todos apátridas.

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” Soverbia/nadalgia”


 

 

Los poemas no deben dejar tan poco poso.
Servirán tantas palabras agenciadas,
englutidas,
y las preguntas, ¿servirán?
Y ¿las respuestas?

No hay otra nostalgia que el perdigón
que alcanza ciertas tardes
el recuerdo de la revolución,
esa hinchazón en el pescuezo.
Ahora puedo nombrarla de miles de maneras,

es todo tan frío.
La menuda manía del tiempo
de la visión global
de lo terminado a

la soverbia, ahora
puedo sembrarla de miles de maneras.
Hacerme collares en el cuello,
bailarme sobre mí.

Terquigracia, compuciespesa
cariamengüancia
ay,

nadalgia.

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“La noche de los seres imperfectos.”


La noche de los seres imperfectos

Había un balcón que daba a la nocturnidad de una ciudad sucia y ruidosa, capital de gentes acogedoras.  No había mesas en la habitación, tampoco sillas. En aquella fiesta, mientras nos arremolinábamos sin cesar alrededor de las botellas de alcohol, unos colchones postrados sobre el suelo hacían la vez de asientos imperfectos. Celebrábamos la llegada de uno de nosotros allí dónde conformaríamos la primera anécdota de muchas otras. Las que esperábamos convirtieran un espacio todavía vacío, en hogar.

Era donde había que estar. La música que salía del ordenador nos lo decía, las carcajadas lo confirmaban. Era donde estábamos y pronto, para seguir estando allí, donde fuera, por las calles de ruido, salimos del portal adentrándonos en la nocturnidad.

Bares, restaurantes, coches, bicicletas, recuerdo cómo la luz de los faros me cegaba la mirada y el alcohol transformaba el pitar de las bocinas en pistoletazos de salida. Cada vez más contentos, cada vez más amenos, avanzábamos a trompicones rellenando los huecos de los magros bares, los llenazos de los ricos pubs, con empujones, cortesías, conversaciones muy sentidas, miradas perdidas o encontradas,  que a todos nosotros y a los demás, nos hermanaban.

Pronto fuimos más, muchos más. La imperfección era nuestra belleza y nos siguieron numerosos entre las calles. Celebrando nuestros discursos políticos, nuestros poemas aprendidos de memoria, los desamores rememorados con humor, las decepciones convertidas en jocosa ironía y frases cómplices. Sí-, decían nuestros seguidores. ¿Quién no?-  comentaban felices, sintiéndose comprendidos. ¿A caso hubiera podido ser de otra manera? Asentían e imitaban nuestros pasos de baile, nuestros gestos exagerados.

Los gritos de alegría no molestaban a nadie en los dormitorios, las luces se encendían. Los vecinos de los barrios testigos del jolgorio bajaban contentos a unirse a nosotros.  Cada vez más numerosos, cada vez más fuertes, fuimos poblando la oscuridad. En los buses, en los metros, estábamos por todas partes. Hasta el cemento se convirtió en agua. Aquella noche, los sedientos nos erigieron en dioses, los semáforos cortocircuitaron, los pájaros salían de sus maltrechos nidos para posarse en las mesas que se instalaban a nuestro paso para recibirnos. Éramos más, éramos muchos, éramos fuertes y todo el mundo deseaba unirse a nuestra celebrada imperfección.

Llegó el amanecer. Los cantos cesaron, las gargantas roncas no podían reír más, los ojos se iban cerrando aun cuando las lenguas pretendían seguir. Poco a poco la ciudad se llenó de un reguero de gentes adormiladas sobre los bancos. Los jardines, los portales de los edificios, las sucursales de las cajas de ahorros, las paradas de buses, todo constituía un lugar cómodo donde dormir.

Ronquidos felices, satisfechos, respiraciones acompasadas, brazos y piernas sueltos convirtieron la urbe en un gigantesco dormitorio donde la paz y la calma reinaron unas horas. Desde el balcón, observamos todavía con sorpresa, la masa uniforme de seres afines que dormían sobre el pavimento.

Al medio día, un murmullo cada vez más cercano interrumpió nuestra apacible contemplación.

El calor despertaba a la gente, nuevos coches venidos de los pueblos pitaban nerviosos. Los gatos salían de sus guaridas maullando, los bancos abrieron sus sucursales y echaron a la gente.  Aunque no recordáramos haberles indicado dirección alguna, empezaron a acercarse a nuestra casa.El murmullo subía por los escaleras, las voces se alzaban, el ritmo de los pasos iba aumentando en cadencia, la gente corría hacía nuestro balcón.

La plaza de abajo se llenó de hombres y mujeres con a mirada inyectada en sangre y el pelo despeinado. Sus ojos, sus bocas secas, llenas de expectativas, se dirigían sin piedad hacia a nosotros. Queremos más risas-, decían, más poemas, más canciones-, gritaban. Nuevos pasos de baile ¡Enseñárnoslos! Queremos más discursos políticos. ¡Nos los debéis! ¿Dónde están vuestras bromas?-  Preguntaban. ¿Vuestras decepciones convertidas en parábolas humanas? ¡Queremos más! Aullaban violentos.

De uno de los numerosos andamios de obras que había por las calles colindantes cogieron tablones de madera y empezaron a arremeter contra la puerta de nuestro portal. Los más osados se alzaban por las tuberías tratando de alcanzarnos.  Las contraventanas de los balcones de en frente empezaron a abrirse. Los vecinos miraban incrédulos y nos gritaban también. ¿Qué habéis hecho? ¿Pero que os pensabais? ¡Esto es una ciudad! La gente es infeliz, decían.

Uno de nosotros, asustado ante una mujer que había logrado saltar desde el piso de arriba a nuestro balcón, le empujó provocando que cayera y se torciera el cuello sobre la acera. La sangre empezó a correr por el pavimento, la masa de seres afines se volvió histérica. Empezaron a tirarnos piedras, objetos que sacaban de los sacos de basura, vasos de cristal de los restaurantes de nuevo abiertos. Los niños lloraban, no sabíamos de donde habían salido, pero ahí estaban,  sus chillidos nos rompieron los tímpanos.

Huyendo de aquel balcón, acabamos encerrándonos en el baño. Nos miramos asustados, tratando de recordar la fuerza misma que había creado todo aquello.

Nos miramos los bolsillos, los brazos, las mejillas, tratando de encontrar en los otros, en nosotros mismos, la nueva chispa que pudiera, como la noche anterior, transformar todo en alegría. Pero estábamos cansados. Habíamos dado tanto. No podíamos cedernos más. ¡Éramos seres imperfectos! Nunca mentimos al respecto.

Uno de nosotros llenó la bañera de gasolina. Otro cerró la puerta con llave y la tiró por la ventana. Un tercero prendió el fuego. Observándonos, esperando a quemarnos, algunos nos pusimos a llorar.

Cuando las llamas nos rodearon quisimos salir de allí.  Nos peleamos, nos pegamos saltando los unos sobre los otros con el fin de alcanzar la puerta. Dándole con el codo a uno en el centro de su barriga, al final, lo conseguí yo. Traté de hacerme paso arremetiendo todo mi cuerpo contra ella Se me rompió el hombro y caí inconsciente.

Calcinados, cadáveres, fuimos la brasa perfecta de la llama creciente que consumió aquel lugar.

Cuento dedicado a Blanca Lasheras. Por acordarse de mi, cuando no lo hago yo.  

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