“La perra”


Lia. Cortesía de Unai Peña

Lia. Cortesía de Unai Peña

Muchas cosas habían pasado para que supiera apreciar, ahora, la imagen de aquellas ramas que recortaban el atardecer y desprendían un olor intenso. El parque del Retiro, cuyo paso obligatorio para llegar a otro lado,  tan tedioso le había parecido en los días anteriores, era en ese momento, lo mejor que le podía haber pasado. Su perra, siempre por delante de ella pero siempre atenta a su más ínfimo cambio de ánimo, paseaba serena hasta que de repente, -un parón en la tráquea (la suya y la de la perra) – salió disparada hacia unos arbustos.

Coño, pensó, -otra vez a buscarla-  y llegó, buscándola pues, siguiendo la dirección de sus ladridos agudos y entrecortados, buscando el camino sonoro,  como en un cuento de hadas, a tientas, persiguiendo a la perra, hasta un claro del parque; un lugar, casi una plaza, con un banco y una farola sin luz, cuyo encanto radicaba, a pesar de que la farola no estaba encendida, en que era el escenario de un drama.

Un hombre estaba sentado en tensión sobre el único banco del claro, y una chica, de pie, lloriqueaba. Sus manos se quitaban nerviosamente las lágrimas de la tez y se sorbía los mocos. Comedida, molesta por molestar por culpa de la perra y al mismo tiempo sabiendo que si ella – la perra- se había acercado- significaba que algo pasaba- la mujer sorprendió, escuchó, el último desenlace de aquella situación sin que su presencia influyera todavía:

– Eres un hijo de puta- le dijo la chica a aquel hombre. Y todavía entre sollozos, se sentó, no solo cerca de él, sino casi encima, como pidiéndole con su cuerpo que aquella verdad que ella pensaba haber dicho, no fuera cierta.

Él, ya consciente de la presencia de una tercera persona, simplemente la acomodó, es decir, le dejó aferrarse a él, abotonando su chaqueta vaquera y pasando su brazo sobre ella, los dos sentados en aquel banco solitario, y miró a la perra que, con los orejas levantadas, como era su costumbre cuando estaba atenta, les miraba de frente, ajena a su dueña, pero señalando su presencia y a la espera, de otra acción más, de la siguiente, la consecuente a la que ella, la perra, había percibido en un principio y que le había excitado: ladró. Un ladrido pedigüeño, agudo y único, a la expectativa.

– Es mía, perdonad, se me ha escapado, ya me voy…. – Dijo la mujer.

Aunque se quedó ahí plantada. Preocupada por los dos, bajo la no luz de la farola. Iluminada su presencia por ser una intrusa y ávida, sí, ávida, del drama vulgar y propio que parecía alumbrar aquella casi plaza denostada por los recortes de luz necesarios en la capital.

La chica le miró ausente. Como se mira a alguien que no jugará nunca un papel en tu vida, como se mira un spam en la bandeja de entrada, pendiente de del hombre y él, sin mirarle, acusó su presencia, la de la dueña de la perra, pues, irguiéndose, la alejó a ella, a la chica – inmensa crueldad pensó la mujer- quitando el brazo de sus hombros y volviéndose a abotonar la chaqueta, esta vez hasta arriba del último botón y asentándose de nuevo en banco, a dos milímetros imperceptibles de ella, y sin embargo “tan lejos”.

– ¿Qué quieres?, -preguntó el hombre a la perra,- ven guapo, ven, ven…

-Es una perra, corrigió la mujer, – mientras veía como su animal de compañía se acercaba a cualquier desconocido que le hiciera caso, sin aprensión aunque con cortesía…

-Una perra…. Claro. – se convenció el hombre.

Henchida de gozo la perra se frotaba contra sus piernas, recibiendo caricias, con las orejas todavía levantadas pero ya satisfecha, habiendo conseguido formar parte de aquella tensión que la había excitado en un principio y que había ido a buscar, a pesar de su dueña, sin reticencias.

Los tres se quedaron en silencio. La chica como en otro lugar, o más bien, en el suyo propio, es decir, intentando olvidar que alguien más había entrado en su situación y con voluntad de que la interrupción no hubiera ocurrido nunca, con ganas de seguir en lo suyo. La mujer, dueña de su perra, pero a su merced, en espera, de pie, dando un paso a su derecha, para no encontrarse de frente a ellos, de frente a aquella pareja en aquel claro, de frente a aquella tensión con la que, – puta perra, alabada sea ella- se había encontrado.  Y él, aquel hombre, -miura, toro de raza- pensó la mujer con cierta condescendencia y al mismo tiempo temor- “hijo de puta” resonaba todavía en sus oídos- , sacando un cigarrillo de su bolsillo izquierdo y encendiéndolo, – ademanes  exageradamente calmos,- con un zipo.

Cuando el cigarrillo prendió, los tres, en silencio, todavía, agradeciendo que ocurriera algo además de su existencia coetánea,  miraron a la farola que, cosas de la vida, de repente se encendió.

A pesar de la  fría luz de la farola alumbrada con una bombilla de lead impuesta por el ahorro del ayuntamiento la cuasi plaza, desprendió entonces, todavía más interés. Ahora, bajo aquella luz, sí, a pesar de todo, era una suerte de claro sereno cuya solitaria y fría bombilla gélida constituía un oasis, entre la tempestad lumínica multicolor de la ciudad que, los tres eran conscientes, la chica la que menos, les ahogaría si salían del parque.

Bajo la luz, la mujer apreció los detalles del banco, la madera ajada, ahora expuesta en toda su senectud, el metal roñoso pero brillante, rotundo,  que sujetaba a aquella pareja de otro barrio (uno lejano, pensó la mujer), y alrededor, la frondosa oscuridad de la naturaleza cívica no iluminada. Olía a pino cortado, olía a naturaleza hastiada pero resistente.  Olía a vida, y aquel hombre- la mujer no se decidía a irse- era un hijo de puta.

La perra se alejó de la pareja y se puso a cagar, de un lado de la farola, tranquila, mirando a nadie pero a todos, con extrema ternura e impotencia. Sus ojos, mientras cagaba, parecían poder producir lagrimones de comprensión. Por fin, la chica miró a la mujer. Inquisitiva primero, un arriba abajo en toda regla, categórica después, con el iris endurecido a medida que los segundos pasaban dijo:

– Estamos hablando. Si no te importa…

Pero el hombre se levantó campechano. Imponente, fornido, por un momento pareció que se iba a recolocar los huevos mientras tiraba su cigarrillo sin fumar, aunque no lo hizo. De nuevo reacomodó su chaqueta vaquera. Consciente del tiempo que pasaba y de que le estaban observando se desabrochó totalmente y pasando las manos sobre su pecho, paralelas a su incipiente barriga, acabó por meterlas los bolsillos de su pantalón de militar:

– Niña, ya te vale, le dijo a la chica – estás cansada…- terció, mirando a la perra, que ya a otra cosa, jugaba con las hojas caídas de los árboles, alegre.

A la mujer aquellas palabras le hicieron daño. Mientras recogía, buscándolas entre las hojas,  las cacas de su perra, recordó todas las veces que le habían tratado con condescendencia. “Niña” “Vete” “Estás cansada”… Sin embargo – una caca, otra caca, las recogía disciplinadamente-  no podía hermanarse con aquella chica. Será la edad, se dijo- metiendo las cacas en la bolsa que había sacado de su bolso, pues le entendía, concluyó, una verdad sin argumentos necesarios, al atar la bolsa y lanzarla a la basura- más a él, que a ella.

“Gracias a dios”, la perra se acercó a la chica.  La husmeó con parsimonia, con extrema delicadeza. Le ofreció, como era su  costumbre, la generosidad del ser mamífero que es no humano.  Le brindó, solo por el hecho de ser así, la necesidad de contactar. “Gracias a dios”-  sí- gracias dios, de nuevo- pensó la mujer, pues pocas personas saben resistirse a esa honestidad de querer estar con el otro que tienen las mascotas y la “niña” (también así la nombró la mujer en su cabeza, no sin antes estremecerse) acarició a la perra y se dejó, “Gracias a dios”, querer.

Las orejas levantadas, moviendo la cola con ritmo interesado, la perra se entrelazó entre las piernas de – “la niña”- y los tres, se sintieron aliviados.

-Pues buenas noches- dijo la mujer y dirigiéndose a la perra susurró -¡Ven!-

El animal obedeció y su dueña, poniéndole la correa y sin querer, aunque resultó inevitable, se encontró con la mirada de aquel hombre (miura, toro de raza). Sin dejar de mirarla el hombre sacó un billete de unos de los bolsillos de su pantalón y lo tendió a la chica:

-Toma 10 euros- resolló, – sal por el Prado, continuó,- si tomas el lado contrario, habrá algún taxi.-

La chica quiso decir algo porque levantándose del banco su pecho se ensalzó abriendo la boca y su cuerpo pareció, quizás por primera vez, obedecer a una voluntad independiente de aquel hombre. Pero luego, sus hombros cayeron, miró a la perra que aún atada, seguía insistiendo en quererla, y acabó cerrando los labios que apretó resignada. Alejando al mamífero de un gesto cansino, se dio la vuelta y empezó a caminar por uno de los caminitos que salían de la cuasi plaza.

– ¿Por dónde vas? – Preguntó el hombre a la mujer mientras ambos oían los pasos desganados pero resueltos que abandonaban aquel claro,

– Por ahí,- contestó, y tiró, de un movimiento seco de la correa de la perra, hacía la dirección donde se dirigía.

 

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“Entre los árboles elijo”


Cortesía ARCO MADRID 2016

Cortesía ARCO MADRID 2016

Cruel es el mundo sí,
tan bonito,
de entre los árboles elijo qué hojas arrancar.
Sorprendente voluntad: lo hago con mi mano,
tiro,
disfrutando de la resistencia de la hoja,
en permanecer perteneciendo.
Ella
-la que toque que haya escogido-,
la más tierna y joven, o la más grande y esbelta:
-aquella que de tantos años arraigada,
tiene hasta los bordes marchitos;-
la que sea.
Cuando tiro para hacerla mía,
que mi instinto usurpador, con un movimiento seco y enérgico,
retuerce su tallo con saña hasta conseguir
descuajarla de su árbol,
que la tengo huérfana entre mis manos,
(ya es mía, ¡lo es!)
y la estrujo, despedazándola con ganas,
que su frescura sangra sobre mi piel,
me siento, por fin,
brevemente satisfecha.

Cruel es el mundo, huele bien,
sólo el árbol sabe
cuántas hojas le he arrancado. Sigue
pariendo hojas tiernas, a veces,
hasta flores.
Entre todos los pesares
y el disfrute de
la muerte de la hoja en cuestión, la que toque, que por fin,
pueda palpar:
-nerviosamente – sintiendo la sabia humedecer mis dedos,-
enumero,
orgullosa es lo que estoy,
todo aquello que he usurpado a los arbustos.

Lo que la crueldad señala,
lo que sin pertenecerme
he hecho mío,
es mío. Sin vergüenza,
me miro al espejo: arrancadora.
Las crueldades de las que me he adueñado,
la fe en lo que no dura,
(sigo creyendo)
me dan fuerza para seguir
apoderándome.

Lo mejor que podría pasarme
es morir así: pues
me aplaca.

Lo que de los árboles puedo apropiarme busco,
y si eligiendo una hoja resiliente a mi ansia posesiva,
me equivoco:
que no puedo desasirla de su tallo,
entonces,
(calma extraña),
me digo
“llegará el momento”
(lo creo a pies juntillas)
de estrujarla.

El mundo es cruel. Lo soy yo.

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“Esparcimiento de la zona de indolencia”


el-miedo

El miedo. Cortesía de Tumblr.

Un sueño reparador.
Un centro de lisiados cuyos trozos de carne
se cenaban al atardecer,
mientras el sol caía y esperábamos a entrar por mar,
el miedo sorbiéndonos la cintura y
la mirada puesta en aquel señor que nos hablaba en voz en of,
no lejos de allí, en la cumbre de la isla,
a través de un bosque frondoso y húmedo.

Un sueño envolvente, tierno,
líquido amniótico rebosando en la bañera,
derramado en un parqué
con baldosas de suelo de colegio y un check point,
un puesto de mercado, frente al cual
sudábamos copiosos
porque si nos pillaban,
nos descuartizaban los dedos.

Un sueño por etapas, desafiante.
Atrapábamos un tren que nos llevaba hasta la cumbre,
los lisiados tomaban cocktails bajo los toldos,
trágico-medias americanas se proyectaban en el jardín.
Sin oler la herida de los mancos,
olvidábamos la sangre de la carne
pues había que evitar,
aún con las agallas mojadas,
el despiece del rehén.

Un sueño repetitivo, un mantra cálido, apaciguador.
Volvíamos hasta siete veces,
a la playa y al check point, al principio del bosque frondoso,
bajo aquella cumbre,
con el pelo húmedo pegado en la frente, escuchando a aquel señor
que con ojos de médico anunciaba la cena;
las películas americanas se proyectaban en fast- forward
y llegábamos siempre a en punto a coger el tren,
con los dedos intactos,
para alcanzar el centro.

Un sueño generoso, cándido, reparador.
Cuando el rehén y sus dedos
ya bajando al mar, me acariciaba los labios
envueltos en el agua y nos fundíamos en un abrazo
cuya piel,
aún estando despierta,
es la única pesadilla
donde me siento a salvo.

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“He aquí donde podréis beber.”


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Las uñas a ratos rojas, a ratos, agrietadas, todo dependía de cómo les daba el sol. Un sol lleno a reventar, amarillo como en los dibujos del colegio, cubría los árboles, las matas, los muros, de hormigas grandes y gorditas, que en procesión se acercaban a la cocina donde había un plátano a medio comer. Llovió. Hizo viento. Temía el calor del cielo. Temía el olor a crema de zanahoria agria que iba adueñándose de la cocina al aire libre. Andaban enlazados de la mano, se daban besos cuando veían carteles cuyas letras resultaban ilegibles, dependían del sol. El sol, que no le dejaba ver quién le daba la mano, quién le estaba besando.

“No dejar pasar a las hormigas”, “Caminar por los límites del condado”. El cielo se había cubierto. Había gente tras el camino, encima de la casa que se veía al final de la insolación. Iban vestidos de blanco, algunas mujeres llevaban pamelas. ¿Cuántos años llevan allí? Llevamos un montón de minutos, dijeron, todavía le cogían de la mano. Su abuelo estaba vestido de domingo, llevaba una pajarita y un sombrero de ala ancha, su mano estaba agrietada y la suya era pequeñita, muy pequeñita, tanto que ya no tenía mano. Le decía palabras en francés, “calembour” por ejemplo, sonreía.
No tengo mano.

“Los niños y las niñas que vayan en primer lugar”, gritó una mujer muy guapa.
Tenía los ojos negros y las pestañas muy largas y su vestido rojo era fácil de distinguir bajo la luz. “Os enseñaré dónde está el mar.” Los hombres de blanco levantaban piedras del suelo, piedras enormes que luego ponían sobre el mar. Iban creando un embarcadero, un camino, por donde pasaban los niños con cangrejas transparentes en los pies. Los erizos se movían bajo las piedras, sobre las piedras. Los erizos de mar están buenísimos, su perra empezó a ladrar a un erizo de tierra escondido bajo un matorral. El erizo gemía como un bebé. Os voy a enseñar el mar, dijo la señora de rojo, he aquí dónde podréis beber.

Los niños ya eran pocos. El sombrero de su abuelo se veía del otro lado de la casa, donde se había sentado a pintar carteles con guantes de plástico. Los niños le enseñaban sus manos llenas de pintura añil. “Usted está aquí”.
Con el dedo hizo un círculo.

-No deberían dar de comer a los pájaros,

luego se acostumbran- dijo la señora de rojo. Llevaba una pamela con un cordel atado al cuello y tan solo se le veía la sonrisa. Vuelve a empezar le dijo, –
lávate las manos.

No había cerrado la compuerta, las vacas estaban en la carretera. Se encaminó hacia la última reja, las hormigas habían hecho un agujero por donde se podía pasar agachándose. A pesar de rascar la tierra para hacerse paso (benditas hormigas) sus uñas estaban impecables. Mira, le dijo al gentilhombre que había detrás, las tengo perfectas, -Claro, le dijo el hombre. “Hay un coche que pita.”
Empezó a dar palmadas para ahuyentar a la manada, los cabritillos eran muy tiernos. Permanecieron impertérritas. “No dejar pasar a las vacas” rezaba un cartel. Llevamos muchos años aquí. ¿Cuántas vacas hacen falta para hacer un litro de leche? Preguntó el niño con las manos azules. Cuéntaselo, no temas.

Salió del agua, estaba buena, tenía más sed. Había carteles alrededor de toda la casa pero el sol no le dejaba ver lo que ponía. Con la palma de la mano se cubrió los ojos, temía el calor. Los labios rojos no atraen el calor.
Mira a los pájaros posarse sobre la mata. Déjate
quemar por este fresco sol.
“Cúbrase de la sombra”
ponía.

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“El destino soñado. Sinónimos y antónimos.”


Robert y Shana Parke Harrison.  Cortesía de Cultura Ciudad de México. @defacto/facebook

Robert y Shana Parke Harrison.
Cortesía de Cultura Ciudad de México. @defacto/facebook

Que levante la mano quien no busque la ligereza.
El destino soñado. Lo liviano: gran país.

Ligereza según el diccionario on-line es todo esto:
Ligereza wordpress.com
1. f. Agilidad, prontitud:
se mueve con ligereza.
2. Levedad o poco peso de una cosa:
la ligereza de una pluma.
3. Inconstancia, inestabilidad, falta de seriedad:
ligereza de sentimientos.
4. Hecho o dicho irreflexivo o poco meditado:
sus ligerezas le comprometen.

‘ligereza’ aparece también en las siguientes entradas:
ágil – brinco – duraluminio – -eza – ingravidez – levedad – veleidad – velocidad

Así, no iré a mirar el diccionario de María de Molina.
Es todo menos ligero, pues busca en la palabra lo que hay,
sobre todo un compendio de acuerdos semánticos basados en nuestra versión existencial y cultural del asunto.
Algo todo menos ligero,
ya que cada uno utiliza las palabras como le conviene
y lo que nos conviene, digámoslo así,
es muy pesado. Valga la redundancia,
todo menos ligero.

Que levante la mano quien no.
Yo no levantaré la mano. Las palabras son irreflexivas por mucho que estén meditadas en los diccionarios.
La ligereza es prontitud, es agilidad, estoy de acuerdo. La ligereza es hoy,
sinónimo de alegría.
¡Que levante la mano quien no!
Pero no siempre es imprevisto, no siempre es ausencia de seriedad…
pues uno se puede aligerar siguiendo seriamente la ideología de la libertad.

La libertad, ¿es ligera?

¿A caso no medita uno seriamente la liviandad de una noche bajo las estrellas?
¿Y qué hay de la ligereza de un aperitivo entre amigos?
La ligereza de una tarde bañándose en el mar.
¿A caso son estas actividades poco serias? ¿Inestables? A caso,
el mar nadándose en la piel, la luz cubriéndonos la tez, ¿son huellas ingrávidas?.
Yo ya me hubiera ido volando si no me sostuvieran.

Toda emoción es profunda por poco que dure.
¿Es acaso ligero tener el privilegio de escuchar el piar de los pájaros?
El beso que recibimos ayer anoche,
el bebé que nos sonríe sin conocernos,
la mirada huidiza, breve y traicionera… ¿Es ligera?

Esa gran utopía

llevo buscándola tantos años como palabras escritas.
Y cuanto más la busco,
más honda es si la consigo,
más profunda,
como el cáncer que me creo si no la encuentro.
Como la huida hacia adelante: alegría intensa,
breve
de creerme ida de mi misma.
¡Ojalá eso fuera inconstante!

Ah. Miro a la ventana y veo velas ligeras, aligerándose sobre el mar.
¿No hay allí una profunda previsión? ¿Una técnica seria que busca que esas velas se icen
orondas y bellas,
aligerando nuestro contacto con el profundo mar?
¿Aligerando hoy, tan solo mirándolas, la compresión de mis múltiples seriedades?
¿Y que hay de las risas? De las carcajadas que tan ligeros nos hacen sentir.
¿No están basadas en una honda comprensión de lo poco ligero que compartimos todos nosotros?

¿Cuántos vinos que me pesan he necesitado para sentirme a veces ligera?
¿Cuántas conversaciones inestables, cuantas veleidades, para conseguir profundidad?
¡Cuánta profundidad del pensamiento para alcanzar la ligereza!

Gran destino, divino país
del cual somos todos apátridas.

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” Soverbia/nadalgia”


 

 

Los poemas no deben dejar tan poco poso.
Servirán tantas palabras agenciadas,
englutidas,
y las preguntas, ¿servirán?
Y ¿las respuestas?

No hay otra nostalgia que el perdigón
que alcanza ciertas tardes
el recuerdo de la revolución,
esa hinchazón en el pescuezo.
Ahora puedo nombrarla de miles de maneras,

es todo tan frío.
La menuda manía del tiempo
de la visión global
de lo terminado a

la soverbia, ahora
puedo sembrarla de miles de maneras.
Hacerme collares en el cuello,
bailarme sobre mí.

Terquigracia, compuciespesa
cariamengüancia
ay,

nadalgia.

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“La noche de los seres imperfectos.”


La noche de los seres imperfectos

Había un balcón que daba a la nocturnidad de una ciudad sucia y ruidosa, capital de gentes acogedoras.  No había mesas en la habitación, tampoco sillas. En aquella fiesta, mientras nos arremolinábamos sin cesar alrededor de las botellas de alcohol, unos colchones postrados sobre el suelo hacían la vez de asientos imperfectos. Celebrábamos la llegada de uno de nosotros allí dónde conformaríamos la primera anécdota de muchas otras. Las que esperábamos convirtieran un espacio todavía vacío, en hogar.

Era donde había que estar. La música que salía del ordenador nos lo decía, las carcajadas lo confirmaban. Era donde estábamos y pronto, para seguir estando allí, donde fuera, por las calles de ruido, salimos del portal adentrándonos en la nocturnidad.

Bares, restaurantes, coches, bicicletas, recuerdo cómo la luz de los faros me cegaba la mirada y el alcohol transformaba el pitar de las bocinas en pistoletazos de salida. Cada vez más contentos, cada vez más amenos, avanzábamos a trompicones rellenando los huecos de los magros bares, los llenazos de los ricos pubs, con empujones, cortesías, conversaciones muy sentidas, miradas perdidas o encontradas,  que a todos nosotros y a los demás, nos hermanaban.

Pronto fuimos más, muchos más. La imperfección era nuestra belleza y nos siguieron numerosos entre las calles. Celebrando nuestros discursos políticos, nuestros poemas aprendidos de memoria, los desamores rememorados con humor, las decepciones convertidas en jocosa ironía y frases cómplices. Sí-, decían nuestros seguidores. ¿Quién no?-  comentaban felices, sintiéndose comprendidos. ¿A caso hubiera podido ser de otra manera? Asentían e imitaban nuestros pasos de baile, nuestros gestos exagerados.

Los gritos de alegría no molestaban a nadie en los dormitorios, las luces se encendían. Los vecinos de los barrios testigos del jolgorio bajaban contentos a unirse a nosotros.  Cada vez más numerosos, cada vez más fuertes, fuimos poblando la oscuridad. En los buses, en los metros, estábamos por todas partes. Hasta el cemento se convirtió en agua. Aquella noche, los sedientos nos erigieron en dioses, los semáforos cortocircuitaron, los pájaros salían de sus maltrechos nidos para posarse en las mesas que se instalaban a nuestro paso para recibirnos. Éramos más, éramos muchos, éramos fuertes y todo el mundo deseaba unirse a nuestra celebrada imperfección.

Llegó el amanecer. Los cantos cesaron, las gargantas roncas no podían reír más, los ojos se iban cerrando aun cuando las lenguas pretendían seguir. Poco a poco la ciudad se llenó de un reguero de gentes adormiladas sobre los bancos. Los jardines, los portales de los edificios, las sucursales de las cajas de ahorros, las paradas de buses, todo constituía un lugar cómodo donde dormir.

Ronquidos felices, satisfechos, respiraciones acompasadas, brazos y piernas sueltos convirtieron la urbe en un gigantesco dormitorio donde la paz y la calma reinaron unas horas. Desde el balcón, observamos todavía con sorpresa, la masa uniforme de seres afines que dormían sobre el pavimento.

Al medio día, un murmullo cada vez más cercano interrumpió nuestra apacible contemplación.

El calor despertaba a la gente, nuevos coches venidos de los pueblos pitaban nerviosos. Los gatos salían de sus guaridas maullando, los bancos abrieron sus sucursales y echaron a la gente.  Aunque no recordáramos haberles indicado dirección alguna, empezaron a acercarse a nuestra casa.El murmullo subía por los escaleras, las voces se alzaban, el ritmo de los pasos iba aumentando en cadencia, la gente corría hacía nuestro balcón.

La plaza de abajo se llenó de hombres y mujeres con a mirada inyectada en sangre y el pelo despeinado. Sus ojos, sus bocas secas, llenas de expectativas, se dirigían sin piedad hacia a nosotros. Queremos más risas-, decían, más poemas, más canciones-, gritaban. Nuevos pasos de baile ¡Enseñárnoslos! Queremos más discursos políticos. ¡Nos los debéis! ¿Dónde están vuestras bromas?-  Preguntaban. ¿Vuestras decepciones convertidas en parábolas humanas? ¡Queremos más! Aullaban violentos.

De uno de los numerosos andamios de obras que había por las calles colindantes cogieron tablones de madera y empezaron a arremeter contra la puerta de nuestro portal. Los más osados se alzaban por las tuberías tratando de alcanzarnos.  Las contraventanas de los balcones de en frente empezaron a abrirse. Los vecinos miraban incrédulos y nos gritaban también. ¿Qué habéis hecho? ¿Pero que os pensabais? ¡Esto es una ciudad! La gente es infeliz, decían.

Uno de nosotros, asustado ante una mujer que había logrado saltar desde el piso de arriba a nuestro balcón, le empujó provocando que cayera y se torciera el cuello sobre la acera. La sangre empezó a correr por el pavimento, la masa de seres afines se volvió histérica. Empezaron a tirarnos piedras, objetos que sacaban de los sacos de basura, vasos de cristal de los restaurantes de nuevo abiertos. Los niños lloraban, no sabíamos de donde habían salido, pero ahí estaban,  sus chillidos nos rompieron los tímpanos.

Huyendo de aquel balcón, acabamos encerrándonos en el baño. Nos miramos asustados, tratando de recordar la fuerza misma que había creado todo aquello.

Nos miramos los bolsillos, los brazos, las mejillas, tratando de encontrar en los otros, en nosotros mismos, la nueva chispa que pudiera, como la noche anterior, transformar todo en alegría. Pero estábamos cansados. Habíamos dado tanto. No podíamos cedernos más. ¡Éramos seres imperfectos! Nunca mentimos al respecto.

Uno de nosotros llenó la bañera de gasolina. Otro cerró la puerta con llave y la tiró por la ventana. Un tercero prendió el fuego. Observándonos, esperando a quemarnos, algunos nos pusimos a llorar.

Cuando las llamas nos rodearon quisimos salir de allí.  Nos peleamos, nos pegamos saltando los unos sobre los otros con el fin de alcanzar la puerta. Dándole con el codo a uno en el centro de su barriga, al final, lo conseguí yo. Traté de hacerme paso arremetiendo todo mi cuerpo contra ella Se me rompió el hombro y caí inconsciente.

Calcinados, cadáveres, fuimos la brasa perfecta de la llama creciente que consumió aquel lugar.

Cuento dedicado a Blanca Lasheras. Por acordarse de mi, cuando no lo hago yo.  

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