“Nadalia”


lucarinaldini@hotmail.com

Reserva La Concepció. Cortesía de Luca Rinaldini

 

He cenado con Natalia, me he ido a la playa con Natalia, he hablado con Natalia, he visto sus ojos, he observado su sonrisa, la he visto evadirse y despistarse, ponerse nerviosa, suspirar de alivio cuando ya por fin, sobre la arena, comprobaba que no tenía cobertura en su móvil.

Tiene los ojos marrones, los dientes blancos, perfectamente alineados pero con humanidad.  Sus cabellos rizados, castaño claro, si no se los ha arreglado después de la playa, pueden parecer un nido de pájaros, aunque ella lo calcula todo bastante. Quizás por eso, a veces, uno puede confundirse y pensar que está despistada, pero no es verdad. Lo que está Natalia (donde está) es concentrada en otro sitio. Tan solo los pajaritos están ahí piando a la par que su pensamiento. Mirarla es una sensación muy grata. Mirarla mientras habla, mientras piensa, mientras su cuerpo longuilíneo se acomoda automáticamente sobre las rocas, sin ella.

Durante estos días, he creído saber dónde está, lo he intentado con todas mis fuerzas. Saber en qué otros lugares se concentra su mirada. Ella misma ha tratado de explicármelo pero encontrar las palabras para lo que le pasó, no parece fácil. Está aquí para buscarlas.

Cuando se fue nos dio las gracias. Salió por el camino y ya se iba a otra parte. Mientras estuvo en casa no llegué a saber si ese destino al que iba también poblaba sus pensamientos, por mucho que hablara de ello.

En todo caso la recuerdo sobre un caballo. Feliz de estar ahí arriba, dispuesta a partir. Con sus ojos oscuros haciendo chiribitas en medio de su sonrisa petrificada. Su cabello en ésta ocasión, estaba perfectamente arreglado.

Nunca lo había hecho antes. Cuando era pequeña una vez, me dijo una noche, a penas se acordaba.

Al día siguiente nos fuimos a la playa y luego a cenar. En la parte de atrás de su coche vi una muda preparada para después de la playa. Pero no fue necesaria.  Así que cené, hablé, bebí, nadé con, de Nadalia, Natalia quiero decir y recuerdo cómo, una vez frente a frente en el restaurante, sus dientes blancos hablaron de los hombres. Sus labios sopesaron la palabra cobardía y su sonrisa admitió, para terminar, unas hierbas mallorquinas.

Natalia, Nadalia.

Se fue.

Algún día me contará qué otras palabras encontró. Estoy impaciente.

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