“La noche de los seres imperfectos.”


La noche de los seres imperfectos

Había un balcón que daba a la nocturnidad de una ciudad sucia y ruidosa, capital de gentes acogedoras.  No había mesas en la habitación, tampoco sillas. En aquella fiesta, mientras nos arremolinábamos sin cesar alrededor de las botellas de alcohol, unos colchones postrados sobre el suelo hacían la vez de asientos imperfectos. Celebrábamos la llegada de uno de nosotros allí dónde conformaríamos la primera anécdota de muchas otras. Las que esperábamos convirtieran un espacio todavía vacío, en hogar.

Era donde había que estar. La música que salía del ordenador nos lo decía, las carcajadas lo confirmaban. Era donde estábamos y pronto, para seguir estando allí, donde fuera, por las calles de ruido, salimos del portal adentrándonos en la nocturnidad.

Bares, restaurantes, coches, bicicletas, recuerdo cómo la luz de los faros me cegaba la mirada y el alcohol transformaba el pitar de las bocinas en pistoletazos de salida. Cada vez más contentos, cada vez más amenos, avanzábamos a trompicones rellenando los huecos de los magros bares, los llenazos de los ricos pubs, con empujones, cortesías, conversaciones muy sentidas, miradas perdidas o encontradas,  que a todos nosotros y a los demás, nos hermanaban.

Pronto fuimos más, muchos más. La imperfección era nuestra belleza y nos siguieron numerosos entre las calles. Celebrando nuestros discursos políticos, nuestros poemas aprendidos de memoria, los desamores rememorados con humor, las decepciones convertidas en jocosa ironía y frases cómplices. Sí-, decían nuestros seguidores. ¿Quién no?-  comentaban felices, sintiéndose comprendidos. ¿A caso hubiera podido ser de otra manera? Asentían e imitaban nuestros pasos de baile, nuestros gestos exagerados.

Los gritos de alegría no molestaban a nadie en los dormitorios, las luces se encendían. Los vecinos de los barrios testigos del jolgorio bajaban contentos a unirse a nosotros.  Cada vez más numerosos, cada vez más fuertes, fuimos poblando la oscuridad. En los buses, en los metros, estábamos por todas partes. Hasta el cemento se convirtió en agua. Aquella noche, los sedientos nos erigieron en dioses, los semáforos cortocircuitaron, los pájaros salían de sus maltrechos nidos para posarse en las mesas que se instalaban a nuestro paso para recibirnos. Éramos más, éramos muchos, éramos fuertes y todo el mundo deseaba unirse a nuestra celebrada imperfección.

Llegó el amanecer. Los cantos cesaron, las gargantas roncas no podían reír más, los ojos se iban cerrando aun cuando las lenguas pretendían seguir. Poco a poco la ciudad se llenó de un reguero de gentes adormiladas sobre los bancos. Los jardines, los portales de los edificios, las sucursales de las cajas de ahorros, las paradas de buses, todo constituía un lugar cómodo donde dormir.

Ronquidos felices, satisfechos, respiraciones acompasadas, brazos y piernas sueltos convirtieron la urbe en un gigantesco dormitorio donde la paz y la calma reinaron unas horas. Desde el balcón, observamos todavía con sorpresa, la masa uniforme de seres afines que dormían sobre el pavimento.

Al medio día, un murmullo cada vez más cercano interrumpió nuestra apacible contemplación.

El calor despertaba a la gente, nuevos coches venidos de los pueblos pitaban nerviosos. Los gatos salían de sus guaridas maullando, los bancos abrieron sus sucursales y echaron a la gente.  Aunque no recordáramos haberles indicado dirección alguna, empezaron a acercarse a nuestra casa.El murmullo subía por los escaleras, las voces se alzaban, el ritmo de los pasos iba aumentando en cadencia, la gente corría hacía nuestro balcón.

La plaza de abajo se llenó de hombres y mujeres con a mirada inyectada en sangre y el pelo despeinado. Sus ojos, sus bocas secas, llenas de expectativas, se dirigían sin piedad hacia a nosotros. Queremos más risas-, decían, más poemas, más canciones-, gritaban. Nuevos pasos de baile ¡Enseñárnoslos! Queremos más discursos políticos. ¡Nos los debéis! ¿Dónde están vuestras bromas?-  Preguntaban. ¿Vuestras decepciones convertidas en parábolas humanas? ¡Queremos más! Aullaban violentos.

De uno de los numerosos andamios de obras que había por las calles colindantes cogieron tablones de madera y empezaron a arremeter contra la puerta de nuestro portal. Los más osados se alzaban por las tuberías tratando de alcanzarnos.  Las contraventanas de los balcones de en frente empezaron a abrirse. Los vecinos miraban incrédulos y nos gritaban también. ¿Qué habéis hecho? ¿Pero que os pensabais? ¡Esto es una ciudad! La gente es infeliz, decían.

Uno de nosotros, asustado ante una mujer que había logrado saltar desde el piso de arriba a nuestro balcón, le empujó provocando que cayera y se torciera el cuello sobre la acera. La sangre empezó a correr por el pavimento, la masa de seres afines se volvió histérica. Empezaron a tirarnos piedras, objetos que sacaban de los sacos de basura, vasos de cristal de los restaurantes de nuevo abiertos. Los niños lloraban, no sabíamos de donde habían salido, pero ahí estaban,  sus chillidos nos rompieron los tímpanos.

Huyendo de aquel balcón, acabamos encerrándonos en el baño. Nos miramos asustados, tratando de recordar la fuerza misma que había creado todo aquello.

Nos miramos los bolsillos, los brazos, las mejillas, tratando de encontrar en los otros, en nosotros mismos, la nueva chispa que pudiera, como la noche anterior, transformar todo en alegría. Pero estábamos cansados. Habíamos dado tanto. No podíamos cedernos más. ¡Éramos seres imperfectos! Nunca mentimos al respecto.

Uno de nosotros llenó la bañera de gasolina. Otro cerró la puerta con llave y la tiró por la ventana. Un tercero prendió el fuego. Observándonos, esperando a quemarnos, algunos nos pusimos a llorar.

Cuando las llamas nos rodearon quisimos salir de allí.  Nos peleamos, nos pegamos saltando los unos sobre los otros con el fin de alcanzar la puerta. Dándole con el codo a uno en el centro de su barriga, al final, lo conseguí yo. Traté de hacerme paso arremetiendo todo mi cuerpo contra ella Se me rompió el hombro y caí inconsciente.

Calcinados, cadáveres, fuimos la brasa perfecta de la llama creciente que consumió aquel lugar.

Cuento dedicado a Blanca Lasheras. Por acordarse de mi, cuando no lo hago yo.  

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Una respuesta a “La noche de los seres imperfectos.”

  1. Querida Isa,
    Valiente pelea. Valiente. Pelea.
    …Gracias.
    Y más…

    b l a n c a

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