“He aquí donde podréis beber.”


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Las uñas a ratos rojas, a ratos, agrietadas, todo dependía de cómo les daba el sol. Un sol lleno a reventar, amarillo como en los dibujos del colegio, cubría los árboles, las matas, los muros, de hormigas grandes y gorditas, que en procesión se acercaban a la cocina donde había un plátano a medio comer. Llovió. Hizo viento. Temía el calor del cielo. Temía el olor a crema de zanahoria agria que iba adueñándose de la cocina al aire libre. Andaban enlazados de la mano, se daban besos cuando veían carteles cuyas letras resultaban ilegibles, dependían del sol. El sol, que no le dejaba ver quién le daba la mano, quién le estaba besando.

“No dejar pasar a las hormigas”, “Caminar por los límites del condado”. El cielo se había cubierto. Había gente tras el camino, encima de la casa que se veía al final de la insolación. Iban vestidos de blanco, algunas mujeres llevaban pamelas. ¿Cuántos años llevan allí? Llevamos un montón de minutos, dijeron, todavía le cogían de la mano. Su abuelo estaba vestido de domingo, llevaba una pajarita y un sombrero de ala ancha, su mano estaba agrietada y la suya era pequeñita, muy pequeñita, tanto que ya no tenía mano. Le decía palabras en francés, “calembour” por ejemplo, sonreía.
No tengo mano.

“Los niños y las niñas que vayan en primer lugar”, gritó una mujer muy guapa.
Tenía los ojos negros y las pestañas muy largas y su vestido rojo era fácil de distinguir bajo la luz. “Os enseñaré dónde está el mar.” Los hombres de blanco levantaban piedras del suelo, piedras enormes que luego ponían sobre el mar. Iban creando un embarcadero, un camino, por donde pasaban los niños con cangrejas transparentes en los pies. Los erizos se movían bajo las piedras, sobre las piedras. Los erizos de mar están buenísimos, su perra empezó a ladrar a un erizo de tierra escondido bajo un matorral. El erizo gemía como un bebé. Os voy a enseñar el mar, dijo la señora de rojo, he aquí dónde podréis beber.

Los niños ya eran pocos. El sombrero de su abuelo se veía del otro lado de la casa, donde se había sentado a pintar carteles con guantes de plástico. Los niños le enseñaban sus manos llenas de pintura añil. “Usted está aquí”.
Con el dedo hizo un círculo.

-No deberían dar de comer a los pájaros,

luego se acostumbran- dijo la señora de rojo. Llevaba una pamela con un cordel atado al cuello y tan solo se le veía la sonrisa. Vuelve a empezar le dijo, –
lávate las manos.

No había cerrado la compuerta, las vacas estaban en la carretera. Se encaminó hacia la última reja, las hormigas habían hecho un agujero por donde se podía pasar agachándose. A pesar de rascar la tierra para hacerse paso (benditas hormigas) sus uñas estaban impecables. Mira, le dijo al gentilhombre que había detrás, las tengo perfectas, -Claro, le dijo el hombre. “Hay un coche que pita.”
Empezó a dar palmadas para ahuyentar a la manada, los cabritillos eran muy tiernos. Permanecieron impertérritas. “No dejar pasar a las vacas” rezaba un cartel. Llevamos muchos años aquí. ¿Cuántas vacas hacen falta para hacer un litro de leche? Preguntó el niño con las manos azules. Cuéntaselo, no temas.

Salió del agua, estaba buena, tenía más sed. Había carteles alrededor de toda la casa pero el sol no le dejaba ver lo que ponía. Con la palma de la mano se cubrió los ojos, temía el calor. Los labios rojos no atraen el calor.
Mira a los pájaros posarse sobre la mata. Déjate
quemar por este fresco sol.
“Cúbrase de la sombra”
ponía.

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