“La perra”


Lia. Cortesía de Unai Peña

Lia. Cortesía de Unai Peña

Muchas cosas habían pasado para que supiera apreciar, ahora, la imagen de aquellas ramas que recortaban el atardecer y desprendían un olor intenso. El parque del Retiro, cuyo paso obligatorio para llegar a otro lado,  tan tedioso le había parecido en los días anteriores, era en ese momento, lo mejor que le podía haber pasado. Su perra, siempre por delante de ella pero siempre atenta a su más ínfimo cambio de ánimo, paseaba serena hasta que de repente, -un parón en la tráquea (la suya y la de la perra) – salió disparada hacia unos arbustos.

Coño, pensó, -otra vez a buscarla-  y llegó, buscándola pues, siguiendo la dirección de sus ladridos agudos y entrecortados, buscando el camino sonoro,  como en un cuento de hadas, a tientas, persiguiendo a la perra, hasta un claro del parque; un lugar, casi una plaza, con un banco y una farola sin luz, cuyo encanto radicaba, a pesar de que la farola no estaba encendida, en que era el escenario de un drama.

Un hombre estaba sentado en tensión sobre el único banco del claro, y una chica, de pie, lloriqueaba. Sus manos se quitaban nerviosamente las lágrimas de la tez y se sorbía los mocos. Comedida, molesta por molestar por culpa de la perra y al mismo tiempo sabiendo que si ella – la perra- se había acercado- significaba que algo pasaba- la mujer sorprendió, escuchó, el último desenlace de aquella situación sin que su presencia influyera todavía:

– Eres un hijo de puta- le dijo la chica a aquel hombre. Y todavía entre sollozos, se sentó, no solo cerca de él, sino casi encima, como pidiéndole con su cuerpo que aquella verdad que ella pensaba haber dicho, no fuera cierta.

Él, ya consciente de la presencia de una tercera persona, simplemente la acomodó, es decir, le dejó aferrarse a él, abotonando su chaqueta vaquera y pasando su brazo sobre ella, los dos sentados en aquel banco solitario, y miró a la perra que, con los orejas levantadas, como era su costumbre cuando estaba atenta, les miraba de frente, ajena a su dueña, pero señalando su presencia y a la espera, de otra acción más, de la siguiente, la consecuente a la que ella, la perra, había percibido en un principio y que le había excitado: ladró. Un ladrido pedigüeño, agudo y único, a la expectativa.

– Es mía, perdonad, se me ha escapado, ya me voy…. – Dijo la mujer.

Aunque se quedó ahí plantada. Preocupada por los dos, bajo la no luz de la farola. Iluminada su presencia por ser una intrusa y ávida, sí, ávida, del drama vulgar y propio que parecía alumbrar aquella casi plaza denostada por los recortes de luz necesarios en la capital.

La chica le miró ausente. Como se mira a alguien que no jugará nunca un papel en tu vida, como se mira un spam en la bandeja de entrada, pendiente de del hombre y él, sin mirarle, acusó su presencia, la de la dueña de la perra, pues, irguiéndose, la alejó a ella, a la chica – inmensa crueldad pensó la mujer- quitando el brazo de sus hombros y volviéndose a abotonar la chaqueta, esta vez hasta arriba del último botón y asentándose de nuevo en banco, a dos milímetros imperceptibles de ella, y sin embargo “tan lejos”.

– ¿Qué quieres?, -preguntó el hombre a la perra,- ven guapo, ven, ven…

-Es una perra, corrigió la mujer, – mientras veía como su animal de compañía se acercaba a cualquier desconocido que le hiciera caso, sin aprensión aunque con cortesía…

-Una perra…. Claro. – se convenció el hombre.

Henchida de gozo la perra se frotaba contra sus piernas, recibiendo caricias, con las orejas todavía levantadas pero ya satisfecha, habiendo conseguido formar parte de aquella tensión que la había excitado en un principio y que había ido a buscar, a pesar de su dueña, sin reticencias.

Los tres se quedaron en silencio. La chica como en otro lugar, o más bien, en el suyo propio, es decir, intentando olvidar que alguien más había entrado en su situación y con voluntad de que la interrupción no hubiera ocurrido nunca, con ganas de seguir en lo suyo. La mujer, dueña de su perra, pero a su merced, en espera, de pie, dando un paso a su derecha, para no encontrarse de frente a ellos, de frente a aquella pareja en aquel claro, de frente a aquella tensión con la que, – puta perra, alabada sea ella- se había encontrado.  Y él, aquel hombre, -miura, toro de raza- pensó la mujer con cierta condescendencia y al mismo tiempo temor- “hijo de puta” resonaba todavía en sus oídos- , sacando un cigarrillo de su bolsillo izquierdo y encendiéndolo, – ademanes  exageradamente calmos,- con un zipo.

Cuando el cigarrillo prendió, los tres, en silencio, todavía, agradeciendo que ocurriera algo además de su existencia coetánea,  miraron a la farola que, cosas de la vida, de repente se encendió.

A pesar de la  fría luz de la farola alumbrada con una bombilla de lead impuesta por el ahorro del ayuntamiento la cuasi plaza, desprendió entonces, todavía más interés. Ahora, bajo aquella luz, sí, a pesar de todo, era una suerte de claro sereno cuya solitaria y fría bombilla gélida constituía un oasis, entre la tempestad lumínica multicolor de la ciudad que, los tres eran conscientes, la chica la que menos, les ahogaría si salían del parque.

Bajo la luz, la mujer apreció los detalles del banco, la madera ajada, ahora expuesta en toda su senectud, el metal roñoso pero brillante, rotundo,  que sujetaba a aquella pareja de otro barrio (uno lejano, pensó la mujer), y alrededor, la frondosa oscuridad de la naturaleza cívica no iluminada. Olía a pino cortado, olía a naturaleza hastiada pero resistente.  Olía a vida, y aquel hombre- la mujer no se decidía a irse- era un hijo de puta.

La perra se alejó de la pareja y se puso a cagar, de un lado de la farola, tranquila, mirando a nadie pero a todos, con extrema ternura e impotencia. Sus ojos, mientras cagaba, parecían poder producir lagrimones de comprensión. Por fin, la chica miró a la mujer. Inquisitiva primero, un arriba abajo en toda regla, categórica después, con el iris endurecido a medida que los segundos pasaban dijo:

– Estamos hablando. Si no te importa…

Pero el hombre se levantó campechano. Imponente, fornido, por un momento pareció que se iba a recolocar los huevos mientras tiraba su cigarrillo sin fumar, aunque no lo hizo. De nuevo reacomodó su chaqueta vaquera. Consciente del tiempo que pasaba y de que le estaban observando se desabrochó totalmente y pasando las manos sobre su pecho, paralelas a su incipiente barriga, acabó por meterlas los bolsillos de su pantalón de militar:

– Niña, ya te vale, le dijo a la chica – estás cansada…- terció, mirando a la perra, que ya a otra cosa, jugaba con las hojas caídas de los árboles, alegre.

A la mujer aquellas palabras le hicieron daño. Mientras recogía, buscándolas entre las hojas,  las cacas de su perra, recordó todas las veces que le habían tratado con condescendencia. “Niña” “Vete” “Estás cansada”… Sin embargo – una caca, otra caca, las recogía disciplinadamente-  no podía hermanarse con aquella chica. Será la edad, se dijo- metiendo las cacas en la bolsa que había sacado de su bolso, pues le entendía, concluyó, una verdad sin argumentos necesarios, al atar la bolsa y lanzarla a la basura- más a él, que a ella.

“Gracias a dios”, la perra se acercó a la chica.  La husmeó con parsimonia, con extrema delicadeza. Le ofreció, como era su  costumbre, la generosidad del ser mamífero que es no humano.  Le brindó, solo por el hecho de ser así, la necesidad de contactar. “Gracias a dios”-  sí- gracias dios, de nuevo- pensó la mujer, pues pocas personas saben resistirse a esa honestidad de querer estar con el otro que tienen las mascotas y la “niña” (también así la nombró la mujer en su cabeza, no sin antes estremecerse) acarició a la perra y se dejó, “Gracias a dios”, querer.

Las orejas levantadas, moviendo la cola con ritmo interesado, la perra se entrelazó entre las piernas de – “la niña”- y los tres, se sintieron aliviados.

-Pues buenas noches- dijo la mujer y dirigiéndose a la perra susurró -¡Ven!-

El animal obedeció y su dueña, poniéndole la correa y sin querer, aunque resultó inevitable, se encontró con la mirada de aquel hombre (miura, toro de raza). Sin dejar de mirarla el hombre sacó un billete de unos de los bolsillos de su pantalón y lo tendió a la chica:

-Toma 10 euros- resolló, – sal por el Prado, continuó,- si tomas el lado contrario, habrá algún taxi.-

La chica quiso decir algo porque levantándose del banco su pecho se ensalzó abriendo la boca y su cuerpo pareció, quizás por primera vez, obedecer a una voluntad independiente de aquel hombre. Pero luego, sus hombros cayeron, miró a la perra que aún atada, seguía insistiendo en quererla, y acabó cerrando los labios que apretó resignada. Alejando al mamífero de un gesto cansino, se dio la vuelta y empezó a caminar por uno de los caminitos que salían de la cuasi plaza.

– ¿Por dónde vas? – Preguntó el hombre a la mujer mientras ambos oían los pasos desganados pero resueltos que abandonaban aquel claro,

– Por ahí,- contestó, y tiró, de un movimiento seco de la correa de la perra, hacía la dirección donde se dirigía.

 

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