Diario de una ansiosa en el encierro. 18/03/2020 Bienvenida al futuro.


Hot Spot

“Hot Spot” Mona Hatoum (2006)

Ayer tuve un día malísimo y decidí no escribir las cosas tristes que además se nos ocurren a todos. Por otra parte, es un alivio para vosotros ya que  tan solo escribiré cada dos o tres días. Desgraciadamente no me pasan tantas cosas como para publicar sin reparo ¿O sí? 

Y es que durante este confinamiento una tiene tiempo de pensar, de enfrentarse a su consciencia, de escuchar, con más atención, todas y cada una de sus vocecitas interiores. La que se miente así misma, la que es alegre, la que se pregunta si abrir o no aquella botella de hierbas húngaras que lleva años en la despensa o la que tiene tiempo de contar, mentalmente, el número de plásticos y cartones que se acumulan en la basura aún estando confinada (25 desde el lunes). Pero no solo a ellas. En este silencio urbano que amplifica cualquier conversación que se tenga a 50 metros, cuando he podido salir a la calle he escuchado cosas de lo más increíbles. Para empezar ayer, volviendo de comprar una manzana en el super -voy racionando: un día una manzana, otro día un pimiento, hoy pegamento para arreglar un cuadro roto desde hace tres años- escuché a una señora comentando al teléfono que había decidido no cobrar el alquiler a su inquilino. “Todos tenemos que poner nuestro granito de arena” le decía a su interlocutor(a), que debía estar flipando. Me parece bastante increíble, la verdad. Yo no tengo nada que alquilar, todo sea dicho, pero no sé yo, si fuera el caso, si se me hubiera ocurrido tamaña generosidad. Vamos, es que seguro que no.

Como de todo hay en este nuevo mundo que se dibuja frente a nuestros balcones, también oí a un señor que cruzando un semáforo en rojo (yo hacía sentadillas mientras esperaba a que se pusiera en verde) comentaba por el móvil que al final, con todo este “asunto” estaba ahorrando. Ahorrando decía ¡Alma de cántaro! ¿Qué debe hacer este señor para ahorrar? No debe tener ni sueldo, ni dinero en bolsa, ni un bar, ni un negocio propio. ¿O cómo? Cierto es que yo tampoco cojo el metro, ni taxis, ni voy a restaurantes, ni gasto en compras tontas en el Tiger, pero ¿qué hay de todas las luces encendidas para crear la ilusión de que tengo luz natural en casa? ¿Y la electricidad de la lavadora, el horno microondas y la aspiradora sin parar?  ¿Y los abonos a Netflix, Youtube, HBO, Movistar, Filmin, AmazonPrime, Storytel, Podiumpodcast y Spotify? Pues eso.

Siguiendo con el tema de las cosas increíbles: una amiga médico que también es una ecologista warrior (yogui, surfera y de todo) comentaba por un chat de grupo que el plástico es la “hostia”. Tal que así lo escribió, os lo prometo.  La cito: Ya me diréis cómo te deshaces del bicho de las ropas y materiales en el hospital, – nos explicó-. Pues con plástico. Y para que ningún moralista del grupo le viniéramos con memeces añadió un “Jajajajjaa” (Dixit). ¿Pero qué está sucediendo? Si los ecologistas (yoguis surferos) están pensando que el plástico, al fin y al cabo, no está nada mal ¿Qué nos deparará el futuro? 

-Un cambio de paradigma – me dijo mi madre por Facetime.

Está claro que el confinamiento también ha enriquecido nuestro vocabulario pero yo no supe muy bien a qué se refería. En mi estado actual no tengo ninguna capacidad prospectiva. Estoy petrificada. Fue mi madrina de 70 años y por Whatsapp la que me dio una pista: Si esto del teletrabajo funciona, las empresas ya no van a gastar en oficinas,  predijo-. ¿Para qué pagar todo ese dineral en megaestructuras si la gente puede trabajar en su casa?.-  Sí, sí, lo sé, esta tendencia no es nueva. Los coworkings, la peña guay teletrabajando desde la playa y tal pero ¿y si se acelera? ¿Si sube la curva del teletrabajo y baja la de la compra de oficinas?¿Qué se hará con todo ese dinero ahorrado? ¿Qué pasará si medio Madrid, medio Nueva York, medio Kuala Lumpur se queda con las oficinas vacías? 

Siempre he adolecido de lo que mis amigas llaman “disfunción optimista”. Para cuando llegó la hora de nuestra cita por Skype a las ocho de la tarde, ya me había dado tiempo a soñar en un mundo en el que todo ese dinero ahorrado por las corporaciones habría ido a parar a la cultura, a los eventos, a la responsabilidad social.  Imaginaros un mundo, expliqué a las doce pantallitas con caras mal iluminadas de mi ordenador,  en el que ya no habría problemas de alojamiento para nadie. Un mundo, exclamé, en la que pudiéramos todas y sobre todo yo, alquilar un piso de 250m2 con vistas en pleno centro por cuatro perras. Un mundo, grité, en el cual la jornada de 8 horas calentando la silla hubiera terminado y que como en las series, todos pudiéramos hacer reuniones interminables en pijama (¡!). Nadie me hizo ni puñetero caso. Una de ellas aprovechó el campo léxico y dijo que se iba a la cama. 

Disfunción optimista, sí, un concepto interesante. Un concepto que da alas y que al parecer, al albur de lo que he oído esta mañana por la tele, como el virus, se está propagando con una rapidez vertiginosa. Contagia a los políticos, a la CEE, hasta a Trump, o a Macrón. Al mundo en general. ¿O no están diciendo que nos van a pagar la electricidad? ¿Que tendremos Paro incluso si no hemos cotizado? ¿Que el estado avalará a las empresas y que éstas, como en Italia, no podrán echarnos? ¡Pero si hasta la CNMV ha prohibido invertir a corto (o como se diga) ¡Increible todo! ¿No os parece? No me entendáis mal eh, que yo soy la típica de centro. Ya sabéis: aquellos que los de izquierdas dicen que somos de derechas y que los de derechas dicen que somos unos rojos “acomplejaos” . A mi todo esto me parece estupendo. Defiendo sin embalajes la Seguridad Social, el estado de bienestar, la educación pública y pienso que viva la República. Pero claro, con mi concepto de contabilidad de señora soltera con perra, ya se me escapa. Con mis cálculos de economía familiar de ingresos y gastos de toda la vida, no doy para más y ya no sé si uno: el dinero tiene valor. Dos: qué significa eso de dar liquidez cuando se supone que hasta antes de ayer no había ni para las pensiones del año que viene. Y tres: si es así,  por qué ahora que nos permiten déficit estructural sigue bajando la bolsa. Hago lo que puedo para entenderlo, en serio. Como tengo tiempo leo a Keynes, leo a Friedman, leo a Ayn Rand  y hasta escucho a Bernie Sanders. ¡Ya no funciona nada de lo que dice ninguno de todos estos! ¡N-A-D-A! 

El colofón de las cosas increíbles que se oyen últimamente ha sido esta mañana cuando he ido a pedirle azúcar a mi vecina (ya tengo, pero bueno). Según ella este coronavirus se ha “producido”, se ha “inventado”.  Una señora culta, leída, una señora normal: eso me ha dicho: el virus éste, yo que ahora estoy escuchando podcast de geopolítica -ha aclarado- creo firmemente que no ha ocurrido por casualidad.” Hala. 

Termina el día y es hora de deciros adiós no sin antes daros mi conclusión (todo el mundo tiene una, yo también). Nos hemos equivocado. Nuestro sistema está mal concebido desde el principio. Cuando acabe este fin del mundo y podamos recomenzar otro, nuestros políticos no deben ser ni políticos (eso seguro) ni administradores, ni científicos, ni profesionales reconocidos, ni miembros de la sociedad civil. Tampoco nosotros mismos: sufragio directo del pueblo llano. Para nada. Todo eso quedó atrás. Se acabaron las pamplinas, los experimentos sociológicos de pacotilla. Los gobernantes del futuro, nuestros futuros dictadores, deben ser los escritores de ciencia ficción. Ellos sí que han demostrado saber de qué va la cosa. Eso sí es “prospectiva” de la buena y no la de los mercados. De distopías nada, era nuestro futuro, es nuestro presente y que sean ellos los que decidan qué (coño) hacemos ahora. ¿A que no es mala?

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